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El Maestrante

—Lo creo sin que me lo jures. Demasiado séque te ahogas en un plato de agua.
Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención.Amalia soltó a reír y,
abrazándoley besándole con efusión, exclamó:
—No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que note compadezco? El trance ha sido bien
duro. Tehas portado como un héroe.
El conde, bajo el peso de aquellos elogios, seruborizó. La conciencia le gritaba que
no losmerecía. Se acordó de la terrible prueba por queacababa de pasar Amalia, y
dijo:
—¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer!¿Cómo te encuentras? Ha sido una
imprudenciabajar tan pronto la escalera.
—¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy unaroca.
—Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendosdolores sin exhalar ni una
queja!
—¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?—dijoponiéndole una mano en la boca.—
¿Has paridoalguna vez?
—Luego cuatro días solamente en la cama—prosiguióel joven separando
dulcemente aquellamano y besándola al mismo tiempo,—y alquinto bajar al salón.
—Pues ya estás viendo que no me ha pasadonada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de
fijo Quiñonesme manda al médico! Ya desde el segundodía estaba empeñado en que
subiese... Pero¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla.Toda la mañana ha
tenido a la nodriza en sucuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas!Dice que
esta niña nos la envía Dios paraconsolarnos de no tener familia...
El conde volvió a ponerse serio, taciturno,mientras en los labios de la dama se
dibujabauna sonrisa de cruel ironía.
—A todo esto no has preguntado por ella, padredesnaturalizado—dijo metiendo sus
dedosfinos y blancos por la gran barba rizosa y bermejade su amante.—Porque eres
su padre, sí,su padre. ¿A que no lo niegas?—añadió acercandocon mimo su rostro al
de él y poniéndole loslabios en el oído.—Voy a traértela.
—Pero ¿va a venir el ama?—preguntó él conterror.
—No, hombre, no—replicó riendo.—Vendráella solita. Verás qué bien camina ya.
El conde abrió los ojos con una expresión estúpidaque la hizo reír aún más. Se puso
en piey abriendo la puerta cuchicheó un instante conJacoba, que estaba fuera de
centinela. Al cabode pocos minutos la obesa medianera abrió otravez la puerta
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