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El Maestrante

felicidad. No le restaba más que dormirtranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, noera
así. Apesar de su figura robusta y gallarda,poseía el conde un sistema nervioso
excesivamenteimpresionable. La más ligera emociónturbaba su espíritu, le inquietaba
hasta un gradoindecible. Tal exquisita sensibilidad le veníapor herencia y también por
educación. Su padre,el coronel Campo, había sido un hombreconcentrado, sensible,
de una susceptibilidadtan delicada que le hizo mártir en losúltimos años de su vida.
Todo el mundo recordabaen Lancia el interesante y conmovedorepisodio que cerró
aquella vida caballeresca.
El coronel mandaba las fuerzas de defensa deuna plaza en el Perú cuando la
insurrección delas colonias americanas. La plaza fue tomadapor los insurrectos de un
modo insidioso y porsorpresa. Un malvado denunció al coronel anteel gobierno de
Madrid como culpable de traición,aseverando que se hallaba en connivenciay
sobornado por el enemigo. Con harta precipitación,sin examen imparcial de los
hechos ysin tener presente la brillante hoja de serviciosdel conde de Onís, el rey le
privó de su empleoen el ejército y de todas las cruces y condecoracionesque poseía.
Bajo el peso de aquella horribleinjusticia, el pundonoroso militar quedó
anonadado.Sus compañeros le arrancaron la pistolaen el momento de atentar a su
vida. Acompañadode su fiel asistente y de un primo se trasladódesde Madrid, adonde
había venido a defenderse,a Lancia, donde le esperaba su esposa y suhijo de corta
edad. La vida de familia fue unsedante para la terrible llaga abierta en el corazóndel
soldado. Pero aquel bravo, que tantasveces había desafiado la muerte, no tuvo
valorpara soportar las miradas y la curiosidad de susconvecinos. En vez de rebelarse
contra la injusticiaque se le había hecho, en vez de tratar deconvencer a sus paisanos
de su inocencia, lo queno le hubiera costado gran trabajo, porque todosestimaban su
carácter y conocían su valor,lleno de vergüenza, como si realmente fuese
criminal,huyó las miradas de la gente, se retrajoa su casa, y solo paseaba por la huerta
que detrásde ella se extendía, cercada de alta y deterioradatapia.
El palacio de los condes de Onís merece especialmención en esta historia. Era un
edificioantiquísimo, el más antiguo de la ciudad enunión de algunos restos de la
primitiva basílicaque aún quedaban en pie. No se habíasalvado otra cosa del horroroso
incendio queen el siglo XIV había destruido la población.Su aspecto más era de
fortaleza que de mansión.Pocas y estrechas ventanas cortadas porcolumnas de piedra,
distribuidas caprichosamentepor la fachada; una pared lisa de piedra,ennegrecida por
los años; algunos agujeroscuadrados cerca del techo, a guisa de aspilleras;una gran
puerta de medio punto reforzada congrandes clavos de acero. Por dentro era inmensay
tenía más alegría. El patio ancho, más anchoque la calle. Por la parte trasera la luz del
mediodíabañaba sus ventanas. Los árboles de lahuerta metían las ramas por ellas,
sirviendo defresca cortina para templar sus rayos. El conjuntode aquel vetusto caserón
ofrecía misterioy encanto singulares para los lacienses dotadosde imaginación, en
especial para los niños, únicosseres que conservan, en nuestra edad prosaica,la
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