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El Maestrante

Y en el acento con que dejaron escapar estaspalabras no era difícil de advertir cierto
desencanto.Se habían acostumbrado a la idea de quefuese varón.
—¿Qué misterio será éste?—preguntó ManuelAntonio, mientras una sonrisa
maliciosa de curiosidadvagaba por su rostro.
—¿Misterio? Ninguno—manifestó con ciertadisplicencia Amalia.—Lo que se ve
claramentees una pobre que quiere que le mantengan a suhija.
—Sin embargo, hay aquí un no sé qué de extraño.Yo apostaría a que son personas
pudienteslos padres de esta niña—replicó el marica.
—¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!—exclamóla dama con una
risita nerviosa.—Laspersonas pudientes no dejan a sus hijosenvueltos en estos
andrajos.
En efecto, la niña venía cubierta por unostrapos miserables y una manta raída y
sucia.
—Despacio, Amalia, despacio—apuntó Saletacon su voz clara, tranquila.—Yo he
recogidoen el portal de mi casa, hace ya muchos años,hallándome en Madrid, un niño
que venía envueltoen muy toscos pañales. Al cabo de algúntiempo averiguamos que
era hijo de una elevadísimapersona que no puedo nombrar.
Todos los ojos se volvieron con sorpresa haciael magistrado gallego.
—Una elevadísima persona; eso es—prosiguiódespués de una pausa, con el mismo
sosiegoimpertinente.—Bien fácil era, por cierto, adivinarlofijando un poco la atención
en los rasgosde su fisonomía, enteramente borbónicos.
El estupor de los circunstantes fue profundo.Se miraron unos a otros con una leve
sonrisaburlona que, como de costumbre, Saleta parecióno advertir.
—¡Atiza!—exclamó Valero.—¡Abra uzté elparagua, D. Zanto!
—El niño se murió a los dos meses—prosiguióimperturbable Saleta.—Por cierto
que cuandolo llevamos al cementerio se unió a la comitivaun coche que nadie supo a
quién pertenecía.Yo lo conocí porque lo había visto en lasCaballerizas reales, pero me
callé.
—¡Ya ezcampa!—murmuró Valero.
—Bien, Saleta, ya nos contará usted de díaeso. Por la noche tales cosas
espeluznan—manifestóel marica de Sierra guiñando el ojo alos otros.—Lo que hay
que pensar ahora, Amalia,es lo que se va a hacer con esta niña.
La dama se encogió de hombros con indiferencia.
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