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El Maestrante

alguna interjección enérgica, que nuncafuera más al caso, dejó escapar un suspiro
deangustia.
—¡Ay, Jesús mío, qué noche!
Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegósus ímpetus siguió su camino. Pasó
por debajodel arco que comunica el palacio con la catedraly entró en la parte más
desahogada y esclarecidade la travesía. Un reverbero de aceiteengastado en la esquina
servía para iluminarlatoda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundadopor la gran
mariposa de hoja de lata, paraenviar alguna claridad a los confines de su
jurisdicción.Pero, más allá de diez varas en radio,nada hacía sospechar su presencia.
Sin embargo,a nuestro embozado debió parecerle una lámparaEdison de diez mil
bujías, a juzgar por el cuidadocon que se subió aún más el embozo y laprisa con que
abandonó la acera para caminarceñido a la tapia del patio en que las sombras
seespesaban. Salió en esta guisa a la calle de SantaLucía, echó una rápida mirada a un
lado y aotro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. Lacalle de Santa Lucía, con ser de
las más céntricas,es también de las más solitarias. Está cerradaa su terminación por la
base de la torre dela basílica, esbelta y elegante como pocas en España,y sólo sirve de
camino ordinariamente alos canónigos que van al coro y a las devotas quesalen a misa
de madrugada.
En esta calle, corta, recta, mal empedrada yde viejo caserío, se alzaba el palacio de
Quiñonesde León. Era una gran fábrica oscura de fachadachurrigueresca, con
balcones salientes dehierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón centraldel primero un
enorme escudo labrado toscamentey defendido por dos jayanes en alto relievetan
toscos como sus cuarteles.
Una de las fachadas laterales caía sobre pequeñojardín húmedo, descuidado y triste
ycerrado por una tapia de regular elevación; laotra sobre una callejuela aún más
húmeda y suciaabierta entre la casa y la pared negra y descascarilladade la iglesia de
San Rafael. Parapasar del palacio a la iglesia, donde los Quiñonesposeían tribuna
reservada, existía un puenteo corredor cerrado, más pequeño, pero semejanteal que
los obispos tienen sobre la travesía deSanta Bárbara. Por la viva claridad que
dejabapasar la rendija de un balcón entreabierto advertíaseque los dueños de la casa
no estaban aúnentregados al descanso. Y si la claridad no loacusara, acusábanlo más
claramente los sonesamortiguados de un piano que dentro se dejabanoír cuando los
latidos furiosos del huracán loconsentían.
Nuestro embozado siguió, con paso rápido yocultándose en la sombra cuanto podía,
hasta lapuerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a echaruna mirada recelosa a
entrambos lados de la calle,y entró resueltamente en el portal. Era amplio,con
pavimento de guijarro como la calle,las paredes lisas y enjalbegadas de mucho
tiempo,tristemente iluminado por una lámpara deaceite colgada en el centro. El
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