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El Maestrante

laniña recogida. Por lo demás, o porque su excesivoorgullo le vendase los ojos, o
porque Amaliahabía sabido tenerle engañado, jamás advirtióentre ellos más que una
fría y ceremoniosaamistad que nada tenía de ofensiva. El mismoorgullo detuvo el
curso de sus pensamientosamargos con esta consideración: ¿Por qué darasenso a lo
que el anónimo decía? ¿Por qué nosuponer que se trataba de una vil calumnia conque
algún enemigo quería envenenar su existencia?Mas el dardo había entrado tan
profundamenteen su corazón que no podía arrancárselo.Todas las consideraciones que
su deseole sugería no bastaban a destruir la gran certidumbreque, sin saber cómo, se
le había coladode rondón en el cerebro. Algunos pormenores,que habían pasado para
él inadvertidos, adquirieronde pronto alto relieve, se alzaron comoantorchas
encendidas para guiarle. El principalde todos era, como es natural, la enfermedad desu
esposa coincidiendo con la aparición de laniña. Recordaba la extraña tenacidad con
que seopuso a que subiese médico alguno a verla; luegoel mimo, los cuidados
exquisitos que se prodigarona la criatura. Acudieron también a su memoriaaquellas
visitas que en otro tiempo hizosu esposa a la Granja con pretexto de escogeralgunas
plantas. Ninguna circunstancia quedó,referente a la amistad del conde y al hallazgo
dela niña, que no revolviese y pesase en su pensamiento.
Tornose silencioso y meditabundo. La miradadura de sus ojos hundidos se posaba
con insistenciaen Amalia siempre que ésta entraba ensu habitación. En diferentes
ocasiones se hizotraer la niña con cualquier pretexto y la contemplólargamente,
tratando de descifrar en los rasgosde su fisonomía el enigma de su existencia.Amalia
observaba todo esto, y leía tan perfectamenteen el cerebro de su esposo como en
unlibro abierto.
—¿Cuándo se casa Luis?—le preguntó un díaen tono afectadamente distraído el
maestrante.
—Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesitaarreglar no sé qué asuntos antes de
irse aMadrid—respondió con la mayor tranquilidad.
—¿Continúa en la Granja?
—Siempre. No viene más que alguna que otravez por la tarde, según me ha dicho
un día quele hallé en la tienda de Barrosa.
Justamente a la noche siguiente apareció enla tertulia el conde.
—¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado yade la Granja?—le preguntó D. Pedro,
clavándoleuna mirada penetrante.
—Definitivamente, no. Tengo el coche abajo,y me vuelvo a dormir.
—Se aburre usted allí, ¿verdad?—le preguntóD. Cristóbal Mateo.
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