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El Maestrante

El conde la detuvo con un gesto.
—Espera.
Amalia permaneció inmóvil, con la mano enel marco de la puerta, clavándole una
miradapenetrante.
El conde siguió paseando todavía algunos momentossin hacer caso de ella.
—Está bien—dijo con voz enronquecida, parándose;—nose efectuará el
matrimonio. Tú medirás lo que debo hacer.
Su rostro demudado revelaba la calma de ladesesperación.
—Es necesario que escribas una carta a Fernandadespidiéndote.
—La escribiré.
—Ahora mismo.
—Ahora mismo.
Amalia se asomó a la escalera y pidió a Jacobarecado de escribir. Como no había
allí mesa,lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó yse dispuso a escribir de pie.
Amalia también seacercó.
—Es esto lo que quiero que le escribas—dijopresentándole un papel.
Era el borrador de la carta. El conde pasó lavista por él.
«Mi buena amiga Fernanda:—decía—He queridoque te fueses para decirte por
escrito lo quede palabra sería superior a mis fuerzas. No puedoser tuyo. No necesito
explicarte las razonesporque tú las adivinarás. Quisiera amarte bastantepara
sobreponerme a todo y huir contigo.Por desgracia o por fortuna, hay cosas que
pesanen mi corazón más que tu amor. Perdónameel haberte engañado y procura ser
feliz, comolo desea tu mejor amigo—Luis
Trazó los renglones de esta carta con manotrémula. Antes de terminar, algunas
lágrimasasomaron a sus ojos.
XV
Josefina duerme.
El noble maestrante fácilmente dio conel autor de su deshonra. Así que leyóel
anónimo y se recobró del susto, sussospechas fueron a parar al conde de Onís.No otra
cosa le empujó a ello que el parecido,que ahora advertía claramente, entre éste y
 
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