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El Maestrante

—¡Si das un paso más, grito!
—¡Oh, infame, infame!—volvió a exclamarcon voz profunda el conde.—¡Y Dios
consientesobre la tierra estos monstruos!
Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamentesobre el sofá. Apoyó los codos
sobre lasrodillas y metió la cabeza entre las manos. Alcabo de largo silencio la
levantó diciendo:
—Bueno, ¿y qué exiges de mí?
Amalia dio un paso para acercarse.
—Lo que ya debes de suponer, si es que tequeda un poco de sentido común. No
exijo quenuestras relaciones continúen, porque a los términosa que hemos llegado no
es posible: seríatanto como mendigar tu amor, y tengo demasiadoorgullo para ello.
Pero no quiero que nitú ni esa mujer os quedéis riendo de mí; noquiero servir de befa
a los que conocen nuestrasrelaciones, que son todos los que frecuentan lacasa. Exijo,
pues, como condición para que laniña vuelva a ser lo que era que rompas
inmediatamentecon Fernanda y no te acuerdes másde ella.
—¡Pero Amalia!—exclamó con acento dolorido.—Biencomprendes que es
imposible. Miboda está concertada; lo sabe ya todo Lancia:Fernanda me espera en
Madrid; faltan muy pocosdías...
—Aunque faltase un minuto. Esa boda no secelebrará. Si te casas con Fernanda, tu
hija pagaráel agravio en la forma que ya sabes.
—¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad.Pediré el depósito de la niña.
—Eso es hablar por hablar, Luis—replicócon calma y sonriendo Amalia.—Las
autoridadesde Lancia son hechura de Quiñones. Nadieosará declarar una palabra
contra mí.
—Se lo referiré todo a D. Pedro.
—No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías?En vez de impedir mi venganza,
comoes la suya también, me ayudará.
Hubo un largo silencio. El conde meditabacon la frente apoyada en la mano. De
pronto sealzó violentamente y se puso a dar agitados paseosmurmurando:
—¡No puede ser! ¡no puede ser!
La valenciana le seguía con la vista. Al cabo,dijo dando un paso hacia la puerta:
—Adiós.
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