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El Maestrante

sus bigotazosblancos, ojos saltones, cejas espesas y velludasmanos. Sin embargo, en
todos los dominiosespañoles no existía hombre más civil.Había hecho su carrera en
las oficinas de Hacienda,y toda la vida había profesado ideas contrariasal predominio
de la milicia. Sostuvo siempreque las sanguijuelas del Estado no eran ellos,los
empleados, sino el ejército y la marina. Parademostrarlo aducía datos, exhibía notas
sacadasdel presupuesto, se perdía en divagaciones burocráticas.Decía que el
presupuesto de guerra«era la sangría suelta por donde se escapaban lasfuerzas vivas
de la nación,» frasecilla que habíaleído en el Boletín de Contribuciones Indirectas,
yque había hecho suya con extremada fruición.Llamaba vagos a los soldados y
profesaba rencorinextinguible a los galones y charreteras.Cuando el ayuntamiento de
Lancia trató de pediral Gobierno que enviase un regimiento paraguarnecer la ciudad,
se opuso, como concejal,tenaz y enérgicamente a ello. ¿A qué traer unacaterva de
zánganos? En cambio de los beneficiosque la estancia del regimiento podría
reportar,¡eran tantos los daños! El mercado se encarecería:los jefes y oficiales
gustaban de tratarsebien y llevarse a casa los alimentos máscaros (¡para el trabajo que
les costaba ganarlo!).Luego eran todos jugadores y su mal ejemplocontagiaría a los
jóvenes de la población, quefuera de la época de ferias, se abstenían de losjuegos
prohibidos. Como estaban siempre ociosos(D. Cristóbal creía firmemente que un
militarno tiene absolutamente nada que hacer), porfuerza habían de pensar en
picardías y ruindades.En resumen, que el regimiento sería causade perturbación en el
pueblo y un elemento corruptor.Prevaleció su deseo, aunque no porserlo de él, sino
porque al ministro de la Guerrano le plugó mandar soldados a Lancia,
considerandoquizá la condición mansa de sus habitantes.
Con los treinta mil reales de pensión viviríadesahogadamente en un pueblo barato
comoaquél, si no fuese porque sus hijas estaban dotadasde cierta fantasía poética que
las impulsabaa preferir los sombreros de Madrid a losque hacía Rita, la sombrerera de
la calle de SanJoaquín, y los guantes de ocho botones a los decuatro. Tal privilegiado
temperamento era causade frecuentes crisis en el hogar del Jubilado,con su cortejo de
lágrimas, violentos portazos,repentina desgana de comer, etc. En estos
terriblesconflictos, hay que confesar que D. Cristóbalno siempre se mantenía a la
altura deenergía y coraje que denotaban sus bigotes ysus cejas enmarañadas. Verdad
que siemprequedaba solo en la pelea. Ni por casualidad sedio el caso de que alguna de
sus hijas le apoyase.Tratándose de asuntos ajenos a la direcciónrentística de la casa,
muchas veces se partíanlas opiniones; algunas hijas se ponían departe de papá contra
sus hermanas. Mas encuanto asomaba el problema económico, constantementese veía
al Jubilado de un lado y a lascuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como
caudilloexperimentado, apelaba en estas refriegas a milardides para derrotar a sus
contrarios, o paracapitular en buenas condiciones. Un día amanecíanlas chicas
inspiradas, y pedían botinasde tafilete semejantes a las que habían visto atal o cual
muchacha de la ciudad, generalmentea Fernanda Estrada-Rosa. D. Cristóbal se
replegabainmediatamente en sí mismo. Se replegabay meditaba. Por la noche, a la
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