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El Maestrante

enla cama de Manín. Mira que te va a matar; loha dicho el otro día en la cocina. Y
coge muchosratones para que madrina te quiera y no teechen de casa.»
El gato, extasiado, susurraba allá en el fondode la garganta mil síes complacientes,
y se frotabacontra ella cada vez más acaramelado y pegajoso.Tendíase la niña boca
arriba llevándoleabrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba,y a veces, olvidada
de sus martirios, derramabalágrimas de ternura. Pero cualquier rumoren la habitación
contigua le hacía levantarse sobresaltadacon el espanto en los ojos, arrojabael gato
lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera.Casi siempre algún castigo cruel.
—¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándotepor el suelo! ¡Aguarda aguarda!
Por efecto de los continuos miedos que experimentabacontraíase con fuertes
movimientosirregulares su vejiga y hacía que involuntariamentese le escapase en
muchas ocasiones laorina. Esto era lo que ponía fuera de sí a la irascibleConcha. Si
notaba en el suelo (porque laropa sólo muy rara vez se la veía) signos deaquella
debilidad, encrespábase como una hiena.
—¡Gorrina, indecente! Parece mentira que laseñora mantenga en su casa este bicho
asqueroso.Si fueses cosa mía, te desollaba viva.
Pero aunque no era cosa suya, procedía comosi lo fuese: la desollaba a azotes. Una
vez sufuror fue tan grande que, cogiéndola por lasorejas, le higo lamer el suelo
mojado.
La hora más terrible para la criatura era lade las lecciones. Amalia se las señalaba
por lamañana temprano; grandes trozos de la historiasagrada y de la gramática.
Josefina se retirabaa un rincón y hacía esfuerzos desesperados porretenerlos en la
memoria. Un poco antes de comer,Concha, que era la encargada de tomárselas,se
sentaba en una silla, sacaba la famosaballena y, con ella en una mano y el libro en
laotra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas.Cada tropiezo, cada palabra que la
niña olvidabacostábale un ballenazo en la cara, en elcuello o en las manos. Y como su
memoria noera bastante fuerte, y por otra parte el miedo sela obstruía, aquello era un
incesante machaqueo.
Aún peor si se las tomaba su madrina. Conchaera fríamente cruel; no levantaba la
mano sinocuando cometía la falta, como una máquina decastigar. Pero Amalia a los
pocos momentos seponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sussentidos, entraba
en furor como una pantera hambrienta,y concluía por golpear frenéticamentehasta que
la dejaba trémula y ensangrentada asus pies.
Desde la carta del conde había aumentado, siera posible, su odio a la criatura; la
trataba aúnmás despiadadamente. Herida en lo más vivode su orgullo por aquella
diplomacia fría, protectora,insultante que en su sentir respirabanlas palabras de su
antiguo amante, vomitaba larabia de su corazón sobre la hija. Además, la ideade que
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