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El Maestrante

que ocurría; se confesó con ellapor vez primera. La buena Fernanda unió suslágrimas
a las de él, enternecida por la suertede la infeliz criatura y por el dolor de su
amado.Larguísimo rato pasaron comentando los terriblessucesos y buscando medios
de conjuraraquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin,persuadirle a que apelara a
medios suaves. Pensaren conseguir algo por la fuerza era insensato.El conde, ni aun
confesando su falta, teníaderecho alguno sobre la niña. Provocar unescándalo era
inútil. Acudir a los tribunales, lomismo. Ningún criado se atrevería a declararcontra su
ama, y las cosas quedarían peor queantes. Al fin el conde se decidió a escribir
unacarta a su antigua amante.
«En este momento acaban de decirme quenuestra Josefina, nuestra adorada
Josefina, estápadeciendo martirios increíbles de tu mano.Creo que es una vil
calumnia. Conozco tu genio,que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo
atribuirtesemejante cobardía. Te escribo solamentepara cerciorarme de que esta
angelical criaturasigue siendo el encanto de tu vida. Si no fueseasí, dímelo y
buscaremos un medio de que pasea mi poder. Te supongo enterada del paso quevoy a
dar. No quiero decirte nada. Era inevitablemás tarde o más temprano. De todos
modospuedes estar segura de que mi remordimientoestá endulzado por el recuerdo
dulcísimo de losaños que te he amado. Adiós. Escríbeme algunapalabra amable.»
XIV
La capitulación.
Josefina se demacraba. Sus mejillas teníanla palidez de la cera. En susojos, de mirar
suave y apacible, senotaba constantemente el extravío del terror; entorno de ellos el
sufrimiento había trazado uncírculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía
jamás.Cuando la dejaban en paz, sentábase encualquier rincón y permanecía inmóvil
mirandoa un punto fijo, o bien se acercaba al balcón yescribía en los cristales con el
dedo.
A veces, a despecho de tanto dolor, la naturalezainfantil revindicaba sus derechos.
Veía algato acercarse lentamente a ella con el rabo derecho,el espinazo arqueado,
solicitando sus cariciascon débil ronquido. Dejábase caer en elsuelo, le llamaba, le
traía hacia sí y principiabaa pasearle las manos por el lomo, a rascarlela cabeza y
hacerle cosquillas debajodel cuello, murmurándole al mismo tiempo enel oído
palabras de cariño, un gorjeo mimosoque el animal acogía con espasmos de
voluptuosidad.«Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno.¿Verdad que eres bueno? Ya
no me arañascomo antes. ¿A quién quieres más en la casa?¿Di, rico? ¿Quién te ha
dado una sardina ayer?¿Quién te pone el platito con leche todos losdías? Y si pudiese
darte siempre pescado tambiénte lo daría, porque sé que es lo que más tegusta,
¿verdad, rico mío? Pero no has de robarnada; ya sabes que te pegan. No orines más
 
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