Not a member?     Existing members login below:

El Maestrante

María la planchadora, que hacíaalgunos días había salido de casa de Quiñones.Al
principio ésta, por temor a las consecuencias,se manifestó reservada. Concluyó,
noobstante, por dar suelta a la lengua y referirleslas mil iniquidades que la señora de
Quiñonescometía con la niña recogida. Quedaronhorrorizadas. Pensaron en dar parte
al juzgado,pero sobre enemistarse por completo conla fiera valenciana (lo que, dicho
sea en honorsuyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos),comprendían que
sería de escaso o ningúnresultado. Los Quiñones eran la gente máspoderosa de la
población; D. Pedro, jefe del partidogobernante, en la provincia; las
autoridades,hechura suya o sometidas a su influencia. Todose taparía enseguida y
quedaría como antes. Lomejor era dirigirse al conde. Pero éste se hallabaa la sazón en
la Granja. Además, aunquetodos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña,no era
posible darse por enterados. Después dealgunos debates decidieron escribirle la
siguientecarta, firmada solamente por María Josefa:«Sr. Conde de Onís. Mi estimado
amigo: Con ladebida reserva le comunico que la niña recogidapor nuestros amigos los
señores de Quiñones,y por quien tanto nos interesamos todos, es objetoen aquella casa
de crueles tratamientos.Creo que tenemos el deber de intervenir paraque cesen. Usted
me dirá lo que debe hacerse yque a mí como mujer no se me alcanza. Si
quiereconocer los pormenores del martirio de lacriatura diríjase a la criada María que
hace algunosdías dejó de servir en casa de D. Pedro. Suyaafectísima amiga, María
Josefa Hevia
Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas.Toda la sangre se le agolpó a la cara.
Sindarse cuenta de lo que hacía salió de casa y casia la carrera tomó la carretera de
Lancia, llegandoa ésta en pocos minutos. Aquel vago y terriblepresentimiento que
sentía realizábase al fin.Amalia se vengaba ferozmente. El sentido ocultode la carta
era ése: se dirigían a él como padrede Josefina y causa de su desdicha. No
sabiendoqué partido tomar, fue a su casa parareflexionar. Sólo había en ella una
criada viejacuidándola. De ésta se valió para averiguardónde estaba María y pasarle
un recado a finde que viniese a verle. No se equivocó la planchadorasobre el objeto de
tal llamamiento. Encuanto le fue posible acudió a la cita, y despuésde hacerle
prometer que no haría uso de su nombrepara nada, le dio cuenta circunstanciada delos
trabajos que estaba pasando la inocente niña.Escuchábala pálido, desencajado, sin
poder reprimirlos violentos y frecuentes golpes de sucorazón. Cuando llegó a narrarle
ciertos odiososy terribles pormenores, el conde principió a darvueltas por la estancia
como fiera enjaulada, amesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzandorugidos de
coraje.
Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas,se le atropellaron en la mente. Quería
entrara viva fuerza en casa de Quiñones y llevarsea su hija; quería retorcer el cuello a
aquellavil mujer; quería decírselo todo a D. Pedro; queríadar parte al juez y meter en
un calabozo a lainfame. Afortunadamente sus accesos eran tanviolentos como cortos.
Vino el abatimiento, elllanto. Corrió a casa de su prometida y le contósollozando lo
Remove