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El Maestrante

—Nunca tuve más que un dolor en la paletilla.Me dio cargando un carro de hierba y
meduró más de un mes. No probaba bocado. Parecíaque tenía allá dentro una gafura
que me ibaroyendo el cuajo. Se me quebraban las costillas,se me hundían los
costados, me tiraba a las paredes,daba corcovos y regañaba los dientes comoun
basilisco. Estaba tan amarillo como la pajasegada. Un día me dijo el señor cura:—
Manín,tú careces del pecho.—¡Yo carecer del pecho,señor cura! ¡No me conoce usted
bien! Apalpeaquí por su vida; más recia tengo la entrañade lo que usted piensa.—Pues
no hay más remedió,Manín, tienes que llamar al mélico.—Queno, señor cura, que no
quiero yerbatos ni cataplasmas.—Quesí, Manín, si no lo llamas tú lollamo yo.—En
fin, después de mucho gravitar,aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino donRafael,
el mélico de las minas. Me mandó quitarhasta la camisa y me tumbó de espaldas
sobrela masera. Enseguida comienza a darmeunos golpecicos en el pecho con los
nudillos,como quien llama a la puerta. Pega aquí, pegaallá, y ascucha que ascucharás
con la oreja arrimadaa la carne. ¡Na! Yo decía:—¡Gravita,gravita, probiquín! ¡Busca
el puzcalabre! Másde media hora llamando con los nudillos y ascuchando.Hasta que
al fin se cansó de no oír naque le emportase...—¡Ay, amigo del alma!—medijo
santiguándose,—tienes un pecho ¡líquido!¡líquido! que en mi vida he visto otro
igual...—Esoya lo sabía yo, D. Rafael...
Al llegar aquí se detuvo repentinamente, ypaseando una torva mirada por el
auditorio,masculló sin que le oyesen:
—¿De qué se reirán estos burros?
Y dejando caer de nuevo la cabeza pobladade greñas sobre la butaca, cerró los ojos
con soberanodesprecio.
Los tertulios del maestrante volvieron su atenciónal juego, sin dejar de reír. Pero el
condequedó muy pronto pensativo y distraído otra vez.Al cabo, no pudiendo reprimir
el desasosiego desus nervios, levantose de la silla.
—Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi puesto.Este dolor me molesta mucho y
necesito moverme.
II
El hallazgo.
Cuando el conde puso de nuevo el pieen la sala, justamente se disponíanlos pollos a
bailar un rigodón. Unade las chicas del Jubilado estaba ya delantedel piano. D.
Cristóbal Mateo, a quien apodabande este modo en el pueblo, era un antiguoempleado
que había servido muchos añosen Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya
algunos,con treinta mil reales. Tenía porte militar,una figura realmente marcial con
 
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