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El Maestrante

si volvía a caer en descuido semejante.Luego comentarios infinitos sobre elencuentro
del barón. ¿Qué hacía aquel bruto atales horas por la carretera de Sarrió? ¿Quiénera el
cura que le acompañaba? Después consideracionestristísimas sobre la ingratitud y
maldadde aquella niña que huía de la casa dondese la había dado albergue y ponía en
ridículo asu protectora. Las domésticas convinieron enque merecía un castigo
ejemplar.
Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolascon ademán imperioso cuando trataban
de llevarsea la expósita. Una vez solas, Amalia tomóun libro y se puso a leer
tranquilamente a la luzde un quinqué, mientras su hija, de rodillas enel ángulo más
oscuro, sollozaba apagadamente.Tres o cuatro veces levantó aquélla la
cabeza,dirigiendo su mirada colérica a las tinieblas delrincón, esperando que la chica
gimiese más fuertepara lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora,hora y media. Cerró al
fin el libro: salió y volvióa los pocos momentos. Comenzó a desnudarselentamente:
cuando estaba medio desnuda tomóel quinqué, y acercándolo a la niña la obligó
alevantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mostrándoleel suelo:
—Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.
Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijocon voz débil:
—Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.
Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metióen la cama y apagó la luz. Sus ojos
quedaronabiertos en la oscuridad. Las horas, sonando consus cuartos y medias
melancólicamente en el relojde la catedral vecina, no consiguieron cerrarlos.Eran dos
lámparas misteriosas que sólo dabanluz hacia dentro, alumbrando mil cosas
siniestrasy punzantes. Bajo aquella pequeña frente seatropellaban, se estrujaban las
ideas sombrías,los deseos feroces. El matrimonio de Luis erauna abominable traición.
Sin recordar la suyahacia el pobre viejo paralítico que Dios le habíadado por esposo,
ni pensar en que su falta habíatruncado la vida del conde, amenazado de moriren la
soledad, sin familia que endulzara sus últimosdías, hacía pesar sobre él toda la
responsabilidaddel delito y toda la amargura que ahorasentía al desprenderse del
único placer que laacariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia.¡El único
placer! No merecía otro nombresu amor. En aquel espíritu ardiente,
despótico,atormentado, no había entrado jamás laternura; ignoraba por completo las
cosas deliciosasy poéticas que ennoblecen la pasión y lahacen perdonable. Su vida se
había deslizado enuna agitación insana, atormentada por el deseode ser feliz a toda
costa. En los últimos sieteaños vivió bajo el imperio de su torpe apetitoinsaciable.
Jamás un pensamiento melancólicode remordimiento vino a acusar en aquella
ruinnaturaleza la presencia del sentido moral. Cadavez más exacerbada su ansia de
goces la arrastrabaúltimamente a mil pasos extravagantes ypeligrosos. Ya no se
contentaba con reunir ensu casa a la juventud laciense y bailar de vez encuando por
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