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El Maestrante

detrepidación, y el cráter, en vez de despedir unacorriente de lava fundida, como era
de temer,rocas, cenizas y otras materias volcánicas enebullición, dejó escapar
débilmente estas dospalabras:
—Sí, señora.
—Bien, pues agradezco a usted mucho el interésque se toma en este asunto, y
aprovecho laocasión para decirle en nombre de Quiñones yen el mío que tiene usted
aquí su casa.
Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanillay se levantó. Alzose también el
barón mascullandolas gracias y ofreciéndose.
—Pepe, acompañe usted al señor barón.
Hizo éste una profunda reverencia. ContestóAmalia con otra más leve. El caballero
giró sobrelos talones y salió.
Al bajar por la escalera con las orejas gachas,el semblante encendido y los ojos
extraviados,otra vez se presentaron ante su imaginación convigoroso relieve el
descuartizamiento, la pérdidade los ojos, la cola del caballo y otros fierossuplicios de
la época visigótica, a la cual pertenecíapor su bárbara traza y corazón indomabley
crudelísimo.
XIII
El martirio.
Apenas se había cerrado la puerta trasel barón, Amalia hizo traer la niña asu
presencia.
—¡Venga usted acá, señorita, venga ustedacá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos
visto!¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a ustedbien? El barón es muy galante con
las damas,¿verdad?
La niña lanzó un grito penetrante.
—¡Ay mi oreja!
—¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque novale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya
me enseñaslos dientes antes de concluir de mamar? Derodillas, picaruela, ¡malvada!
Josefina fue a caer acurrucada en un rincóndel gabinete. Amalia mantuvo sobre ella
largorato su mirada fulgurante. Separándola al fin,preguntó a Concha y a Paula, que
habían traídoa la delincuente, en qué forma se había escapado.La culpa era del
cochero. Improperios contrael cochero, que era un borracho, y amenazasde despedirle
 
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