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El Maestrante

En los pueblos casi todos se conocen, sobretodo las personas de viso, aunque no se
traten.Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:
—No tengo ese honor.
—Soy el barón de los Oscos.
La dama hizo una inclinación de cabeza.
—Paula—dijo dirigiéndose a una criada quehabía acudido,—llévate esa chica. Tú,
Pepe, enciendelas lámparas del gabinete azul.
Cuando estuvieron solos, la señora se sentó,invitó con majestuoso ademán al barón
para quehiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremadacuriosidad, pero sin
asomo de temor.
—Señora—comenzó el barón,—he hallado aesa niña en la carretera de Sarrió
cubierta desangre y llena de cardenales. Le he preguntadoquién la había puesto así, y
me respondió quesu madrina. Yo no puedo creer...
—Puede usted creerlo, porque es exacto—dijoAmalia interrumpiéndole.
El barón quedó parado y confuso. Al caboprosiguió:
—Es posible que usted tuviera razón paracastigarla, pero me duele en el alma...
Amalia volvió a interrumpirle:
—Y a mí me duele mucho ese dolor que ustedsiente.
—Mi objeto al venir aquí—manifestó el barón,que por momentos iba perdiendo su
aplomo,—eraprevenir a usted...
—¿Cómo?
—Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad,según me han manifestado, de
recoger esadesgraciada criatura expósita, continuase subuena obra protegiéndola,
amparándola, educándola...y cuando tuviese necesidad de castigarlalo hiciese con
clemencia, pues la pobre esuna criaturita tierna y débil, y los golpes pudieranconcluir
con su vida...
—¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?—preguntófríamente la dama.
La faz temerosa del barón se congestionó súbitoal escuchar esta pregunta,
inyectáronse susojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relievesobre la superficie del
rostro en virtud sinduda de algunos movimientos volcánicos de lointerior.
Escucháronse allá en la garganta ruidosformidables, sordos estampidos, presagiode
violenta erupción. Pero al cabo aquellosruidos se apagaron, cesaron los movimientos
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