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El Maestrante

El conde se veía apurado y contestaba vagamentea las preguntas.
—Pues contra ese mal, señor conde—apuntóSaleta,—no hay mejor medicina que el
hierro.Verá usted... Yo he padecido muchísimo de lasmuelas siendo estudiante. No
me atrevía a sacarninguna; pero la patrona que tenía en Santiagome convenció de que,
atando un bramantea la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo,poco a poco iba
saliendo sin dolor. Me sentéen una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muelaestaba bien
amarrada, la huéspeda tira de lasilla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía másremedio
que saltar!...
Valero comenzó a sacudir la cabeza de unmodo desesperado. Los demás le miran y
sonríen.Saleta no lo advierte, o finge no advertirlo,y continúa con la palabra firme y
sosegada y elacento gallego que le caracterizaban:
—Después perdí enteramente el miedo. En laCoruña me sacó un dentista cinco
seguidas.Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor,y como no había dentista, el
promotor me sacótres con unas tenacillas de rizar el pelo su señora.De resultas de eso
me atacó una inflamaciónterrible en la boca, ¿sabe usted? Fui a Madrid,y Ludovisi, el
dentista de la reina, me quemólas encías con un hierro candente y me sacósiete
buenas...
—Van quince—murmuró Valero.
—Y me quedé perfectamente, hasta que hacecuatro años, en un pueblecillo de la
provincia deBurgos, estando de temporada en casa de unamigo, me volvió el dolor,
¡qué dolor! No habíani médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó casualmentepor allí un
charlatán que sacaba lasmuelas montado a caballo. Me vi tan apurado,que no tuve
más remedio que apelar a él; mesacó dos con el rabo de una cuchara.
—¡Compañero, qué rozario!—exclamó Valeroen el colmo de la indignación.—¿Le
quea a uztétodavía algún novenario en la boca?
Con la algazara que se armó despertose Manín,desperezose bárbaramente, abrió una
bocazade media vara, dejando escapar un aullidoformidable, que impresionó al
auditorio. Luegovolvió el ciclópeo torso de medio lado y se dispusoa empalmar el
sueño.
—¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas,eh, Manín?—preguntó el maestrante,
que nopodía estar un cuarto de hora sin comunicarsecon su mayordomo.
—¡Quiá!—exclamó el gañán sin abrir los ojossiquiera.
—¡Es una roca!—manifestó el caballero converdadero entusiasmo.
Pero Manín se incorporó un poco en labutaca y dijo restregándose los ojos con
lospuños:
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