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El Maestrante

De esta manera grave y prudente se solazanlos dos antiguos soldados de D. Carlos
casi todaslas tardes del año. El pueblo lo sabe, y hayentre sus jocosos habitantes
entabladas variasapuestas sobre cuál de los dos moriría primerode apoplejía.
Fray Diego había servido también en las filasdel Pretendiente. Luego se había
ordenado, sehizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, sesecularizó y vivía en Lancia
como capellán suelto.Mientras la guerra no se habían conocido.Cuando se
encontraron en Lancia quedaronunidos con indisoluble amistad por la identidadde
ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallasa que asistieron... y por la ginebra.
—¡Viva el papa soberano de todos los reyesde la tierra!—exclamó después de largo
silencio,en que ambos parecían dormitar, Fray Diego.Al mismo tiempo dio un
tremendo puñetazosobre la mesa que hizo bailar los tarros y lascopas.
El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguióhaciendo guiños a la copa que tenía
delantey, después de apurarla muy reposadamente y chasqueartres o cuatro veces la
lengua, dijo:
—Despacio, despacio, Fray Diego; usted nosabe todavía lo que son los papas.
—¡Viva el papa soberano de todos los reyesde la tierra!—volvió a exclamar el cura,
dandootro puñetazo más fuerte.
—Cuidado, Fray Diego, que los papas hansido siempre muy ambiciosos.
—¡Señor barón!—exclamó el clérigo con vozenfática de cómico de la legua.—
¡Tiene usted elalma tan fea como el rostro!
El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto.Después de un rato dijo con perfecta
tranquilidad:
—No sea usted botarate. ¿Qué tiene que vermi cara en estos asuntos? Yo soy
católico, apostólico,romano; pero si mañana el rey, nuestroseñor (llevose la mano a la
boina al decir esto),me manda con un destacamento a Roma, voy aallá como el
condestable de Borbón, la saqueo yprendo al pontífice.
—Y yo digo que si Su Santidad me mandasemeter una cuarta de bayoneta por el
ombligo aese condestable, tenga usted por seguro que lemetía dos.
—No.
—¿Cómo no?—rugió el capellán poniéndosecarmesí.
—Porque el condestable ha muerto hace tressiglos.
—Me alegro. Tres siglos hace que arde en losinfiernos.
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