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El Maestrante

Pero lo que más sentía, lo que le dolía de unmodo horrible eran las manos. No
sabiendo quéhacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luegolas chupó. Pero el dolor
era tan recio que exclamóal fin sollozando:
—¡Ay mis manos!
En aquel momento se alzaron ante ella entrelas sombras de la noche dos enormes
figuras quela dejaron helada de espanto. Una de ellas seabalanzó y la cogió por un
brazo.
—¿Qué haces ahí?—dijo con voz bronca.
XII
La justicia del barón.
En una gran sala de la casa solariegade los Oscos, amueblada con cuatrotrastos
viejos, tapizada con dos dedosde polvo, se encuentran sentados a una antiguamesa de
roble dos conocidos personajes de estahistoria. Uno es el propio barón, dueño de
lacasa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delanteun tarro de ginebra vacío, otro a
mediovaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, nibandeja; el único adorno de la
mesa son lasmanchas caprichosas que el vino y la ginebraen feliz consorcio con el
polvo han ido dejandocon el trascurso de los meses y los años. La estanciaes lóbrega,
porque la calle del Pozo lo esy porque los cristales emplomados, hace años yaque no
se han limpiado, y porque la tarde estádeclinando.
A la poca luz que allí consigue penetrar puedeverse la faz de ambos excesivamente
roja, tanroja que parece imposible no brote la sangrede sus ojos encarnizados. La del
barón ha llegadoal límite de su fiera y espantable fealdad.Aquella cicatriz sangrienta
que le surca el rostrose destaca ahora con todas sus rugosidades,tan áspera y negra
que da grima verla. Sus bigotescerdosos, unidos a las patillas, son ya másblancos que
negros. Viste zamarra negra y cubresu cabeza una gran boina roja cuya borlacae
arremolinada, unas veces sobre las orejas,otras sobre las narices, según los
movimientosque imprime a su torso de ogro.
Hace largo rato que guardan silencio. FrayDiego de vez en cuando lleva la mano al
tarro dela ginebra, llena la copa de su amigo, luego lasuya, y gravemente la apura de
un trago. El barónno es tan expedito: toma su copa, la sube ala altura de los ojos y
hace frente ella una seriede muecas a cual más horrorosa; después la tocacon el borde
de los labios, vuelve a las muecas,vuelve a tocarla; por fin, después de largos
ensayosy vacilaciones, se decide a apurarla.
 
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