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El Maestrante

Salió de la estancia y vagó, por los pasillososcuros y escaleras, con incierta planta,
como unfantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso yse dirigió hacia él
involuntariamente como unamariposa. Era el comedor, que ya estaba
alumbrado.Sentada a la mesa, armando unos pastorcitos debarro, restos de su pasada
riqueza, estabaJosefina. La pantalla de la lámpara proyectabaviva luz sobre su
cabecita monda y dorada comouna naranja. Amalia se detuvo un instante y
lacontempló con ardiente mirada, devorando conlos ojos aquel semblante grave y
melancólico quetan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un pasoy la niña volvió la
cabeza. La mirada de susojos azules era igualmente dulce y triste; el movimientode
las pestañas, idéntico. La esposa delmaestrante salvó de dos pasos la distancia que
laseparaba y cayó sobre ella como un tigre hambriento.Golpeó, mordió, desgarró. Sus
uñas dejaronal instante surcos morados en aquel rostrocándido. La sangre comenzó a
brotar. La niña,loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes.Apenas tuvo tiempo a ver
a su madrina. No sabíaqué era aquello. Amalia, insaciable, golpeaba,hería sin cesar.
Los gritos de la víctima hacíancrecer su furor. Se detuvo rendida al fin.
—Madrina, ¿qué hice?—exclamó la pobre niñahuyendo hacia un rincón.
Esta pregunta, la mirada de angustia con quela acompañó, enfurecieron de nuevo a
la dama.Volvió a golpearla despiadadamente. La criaturase tapaba el rostro con las
manos. Entoncesle cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas.No satisfecha
todavía, irritada de no poderherirla en la cara, tomó un plumero que habíasobre la
mesa, y con el mango comenzó a sacudirlesobre las manos, dejándolas cubiertas
decardenales.
Al fin consiguió salvarse. Las criadas, quehabían acudido y presenciaban atónitas la
escena,dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomópor la escalera. La puerta de la
calle estabaabierta. El cochero, al llevar los caballos alagua, la había dejado así.
Josefina salió de lacasa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía,penetró en la
travesía de Santa Bárbara,atravesó la plazuela del Obispo y, bajando porla calle de la
Sastrería, salió por la puerta deSan Joaquín a la carretera de Sarrió.
Había cerrado ya la noche. Caía suavementeuna lluvia menuda, pero espesísima,
que en pocotiempo la caló hasta los huesos. La desgraciadacriatura corrió todavía
algún tiempo y al fin sedetuvo jadeante. El pretil de la carretera estababajo en aquel
sitio y se sentó. Entonces fuecuando sintió el dolor de los golpes. Llevose lasmanos a
la cabeza, después a la cara, por dondesentía correrle un líquido caliente, que al
principiópensó sería la lluvia.
Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre!¡La cosa en el mundo a que ella
tenía másterror! Dominada aún por el susto, no se quejó.Levantó la falda de su
vestidito y se secó, o pormejor decir, se lavó la cara, porque el vestidoestaba mojado.
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