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El Maestrante

A la mañana siguiente, Paula, por ordende su señora, llevó a la niña al cuartode la
plancha, la sentó en una sillaalta y pidió las tijeras a la doncella, que cosíaal pie del
balcón.
—¿Qué vas a hacer?—preguntó Josefina.
—Cortarte el pelo.
—¿Por qué?... Yo no quiero que me cortes elpelo.
Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tornóa alzarla.
—¡Quieta!—le dijo severamente.
—¡Yo no quiero!... ¡no quiero!—exclamó congraciosa resolución.
—La verdad es que da lástima cortar un pelotan hermoso—dijo otra de las
doncellas, que estabaplanchando.
—¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda.
Y tomando uno de los preciosos bucles de lacabellera, lo separó de un tijeretazo.
—¡Déjame, Paula!—gritó la niña.—¡Lo voy adecir a madrina!
—¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrinade veras?... Bueno, ya se lo dirás
cuando terminemos.
Y sin hacer más caso de sus protestas, dejandocaer las palabras con zumba,
prosiguió imperturbablesu tarea. Pero la niña se bajó denuevo, irritada, furiosa.
Entonces Paula pidióauxilio a Concha, la costurera, y mientras éstala tenía sujeta a la
silla, aquélla la fue despojandouno a uno de todos sus bucles. Despuésarregló como
mejor pudo los cabellos que quedaban.
—¡Qué lástima!—volvió a exclamar la planchadora.
—Hija, no está mal así tampoco—repuso Paulapeinándola con esmero.
En aquel momento apareció la señora en elcuadro de la puerta.
—¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula yConcha me han cortado el pelo.
Amalia avanzó algunos pasos por la estanciay, evitando la mirada de la niña, fijó
los ojos severosen su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:
—No está bien así. Córtelo usted al rape.
Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita,la siguió con los ojos. Jamás
había visto enel semblante de su madrina tanta frialdad y dureza.Quedó asombrada,
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