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El Maestrante

todos los seres que le rodeaban en una masacaótica, en la cual sólo dos o tres
aparecían conalgún carácter individual.
La niña aguardó con sus bracitos cruzadoscerca de un cuarto de hora. Al fin el
señor deQuiñones, después de jugar una entrada con fortuna,se dignó clavar en ella
una mirada severaque la hizo empalidecer. Alargó su aristocráticamano con ademán
digno de su tocayo Pedroel Grande de Rusia, y Josefina posó sobre ellasus labios
temblorosos y se fue.
No estaba muy conforme aquel varón excelso conque su esposa criase con tal mimo
a una expósita,pero lo consentía porque lisonjeaba suvanidad. Amalia le había dicho,
sabiendo dóndele dolía:
—Criarla para doméstica lo haría cualquieraen Lancia. Nosotros debemos hacer las
cosas deotro modo.
D. Pedro no pudo menos de sentir el peso deaquella verdad innegable.
Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Alpasar rozando con Fernanda, que
estaba sentaday sola, ésta la pilló al vuelo por un bracito yla atrajo. Toda la alegría,
toda la ternura queen aquel momento rebosaba de su corazón,desbordose con
violencia sobre la criatura, aquien cubrió de besos. No se acordó para nadade su rival,
a quien adivinaba vencida. Sólo pensóen que era hija de él, su sangre, su
mismaimagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azulesprofundos, melancólicos,
aquella tez nacarada,aquellos bucles dorados que circuían su rostrocomo un nimbo de
luz.
—¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa,Dios mío!
Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergíael rostro entre sus hebras con tanta
voluptuosidady ternura que estaba a punto de llorar.
En aquel momento una voz estridente, imperiosa,sonó en sus oídos.
—¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!
Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostropálido, los labios apretados, que
cogió a laniña con violencia por el brazo dándole unafuerte sacudida y la arrastró
hacia la puerta.
XI
La cólera de Amalia.
 
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