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El Maestrante

—A madrina—respondió la niña sin vacilar.
—Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o alconde?
La niña le miró sorprendida con sus grandesojos azules. Pasó por ellos una ráfaga
de desconfianzay respondió frunciendo su hermosoentrecejo:
—A mi padrino.
—¿Pero el conde no te trae muchos juguetes?¿no te lleva en coche a la Granja? ¿no
te ha compradoel trajecito de charra?
—Sí... pero no es mi padrino.
Los del grupo acogieron con risa esta respuesta.Comprendían que la niña mentía.
DonPedro no era hombre para inspirar afecto muyvivo a nadie.
—Pues yo creo que el conde también es tupa...drino.
—No tal; yo no tengo más que un padrino—manifestóla chica, cada vez más
recelosa.
Y se alejó del grupo.
Fue donde estaba Amalia; se le puso delantecruzando sus bracitos sobre el pecho y
dijo haciendouna reverencia:
—Madrina, la bendición.
La dama le entregó su mano, que la niña besócon respetuoso cariño. Luego,
cogiéndola en susbrazos, la besó en la frente.
—Que descanses, hija mía. Ve a pedir la bendicióna tu padrino.
La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticasdel tiempo pasado placían mucho al
señor deQuiñones.
Josefina se acercó a él con timidez. Aquelgran señor paralítico le infundía siempre
miedo,aunque procuraba disimularlo porque así se lohabía ordenado su madrina.
—Señor, la bendición—dijo con voz apagada.
El alto y poderoso maestrante no hizo caso.Fijo en las cartas que tenía en la mano,
envueltoen su talma gris con la cruz roja en el pecho,iba creciendo por momentos ante
los ojos turbadosde la pobre Josefina. No comprendía que hubieseen el mundo nada
más grande, más imponentey digno de respeto que aquel noble señor.De esta misma
opinión participaba D. Pedro.Por eso hacía tiempo que había resuelto confundira
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