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El Maestrante

temperamento sombrío, extravagante,fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en
élpoco a poco con el roer incesante del remordimiento;ha trastornado su imaginación,
ha enervadosu escasa actividad y ennegrecido su existencia.
Le molestan los hombres. En todas las miradaspiensa ver hostilidad; en las frases
másinocentes, alguna aviesa intención que hace hervirsu sangre de coraje. No osa
entrar en lostemplos, ni siquiera se deja caer de rodillas, comoantes, frente al
sangriento crucifijo del cuartode su madre. Si oye hablar del infierno seestremece y
huye. Envía cuantiosas limosnas alas iglesias; encarga misas que no oye; ponecirios a
las imágenes, y en el secreto de su habitaciónse entretiene a veces puerilmente
enpreguntar a la suerte, echando una moneda alaire, si se condenará eternamente o irá
tan sóloal purgatorio. Cuando llega a sus oídos el cantode los sacerdotes que
acompañan a un entierro,empalidece, tiembla y se tapa los oídos.Por la noche se
despierta amenudo sobresaltado,con un sudor frío, gritando miserablemente:«¡Hay
que morir! ¡hay que morir!»
Por largo tiempo vivió casi en absoluto retirado,sin salir más que cuando se lo
ordenabaaquella voluntad que había logrado señorear lasuya. Después, como sufriese
demasiado, temiendoque sus negros pensamientos acabasencon su razón, le dio por
recorrer los contornosa pie o a caballo, hasta fatigarse. El cansanciocorporal prestaba
descanso a su espíritu; el espectáculode la naturaleza serenaba su
atormentadaimaginación.
Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesanamontonadas sobre las colinas que
cierran elhorizonte por el Norte, y ocultan las altas montañasde Lorrín que se
extienden como una cortinalejana por el Oeste. Han caído fuertes chubascosque
convirtieron en laguna la parte bajade la ciudad y en lodazales las carreteras que
deella parten. Apesar de esto el conde manda ensillarsu caballo, sale de Lancia por la
carreterade Castilla, y galopa entre torbellinos delodo al través de las praderas y los
bosques decastaños. Las hojas amarillentas de los árboles,lavadas por la lluvia, brillan
como monedas deoro; mil arroyuelos serpean vacilantes por la faldade la colina y van
a depositar sus aguas en lallanura, que se dilata verde y mojada con
suavesondulaciones. Una franja más oscura señala elcauce del Lora, que se oculta
misterioso bajosus mimbreras y espesas filas de alisos.
El conde, con la cabeza, echada hacia atrás,los ojos medio cerrados, aspiraba con
delicia elfresco húmedo de la tarde. La carretera flanqueabala colina en suave declive.
Antes detrasponerla y perder de vista la ciudad, detuvoel caballo y echó una mirada
atrás. Lancia eraun montón, no grande, de techos rojos, sobre losque resaltaba la
flecha oscura de la catedral.Debajo percibió una mancha amarilla, el bosquede robles
de la Granja. Más abajo las torrecillasanaranjadas de su casa solariega.
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