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El Maestrante

—¡Dios mío, ha sido grande el pecado, peroqué castigo tan terrible!
X
Cinco años después.
Trascurrieron cinco años. La noble ciudadde Lancia ha cambiado poco ensu
exterior y menos aún en sus costumbres.Unas cuantas casas-grilleras con adornosde
mazapán alzadas por el oro indiano en las inmediacionesdel parque de San Francisco;
variostrozos de acera en calles que jamás la poseyeran;tres faroles más en la plaza de
la Constitución;un guardia municipal suplementario,que debe su existencia no tanto a
las necesidadesdel servicio como a las pasiones del alcalde,varón de excelsos
pensamientos, consagradoscasi enteramente a Venus, que premia lascondescendencias
de Vulcano con el presupuestomunicipal; en el paseo del Bombé algunasestatuas de
bronce con el ropaje caído, que produjerongrave escándalo a su erección,
haciendopregonar al magistrado Saleta en la tertuliadel maestrante que «la media
desnudez eracien veces más incitante que la completa;» enlas cabezas de nuestros
maduros conocidos algunashebras de plata, y en el semblante radiosocomo el arco iris
de Manuel Antonio, elmás seductor de los hijos de la ínclita ciudad,signos ya
evidentes de que su belleza pronto sedesvanecerá como un sueño feliz al soplo
glacialde la mañana, como los copos de nieve quecaen suavemente en el silencio de
un día tristede invierno.
La misma vida vegetativa, brumosa, soñolienta;las mismas tertulias en las
trastiendaslibando con deleite la miel de la murmuración.Los apodos soeces pesando
siempre como losade plomo sobre la felicidad de algunas respetablesfamilias. En el
Bombé, las tardes de sol,los mismos grupos de clérigos y militares
paseandodesplegados en ala. Las enormes campanasde la basílica tañendo
invariablemente a horasfijas. Las viejas devotas caminando con plantapresurosa al
rosario o a la novena. El canto monótonode los canónigos resonando
profundamenteen la soledad de las altas bóvedas. En Altavilla,a la hora del
crepúsculo, los eternos corrosde jóvenes alegres, riendo mucho, hablando altoy
abriéndose amenudo para dejar paso a algunacosturera espiritual o criada de carnes
opulentasa quienes rinden homenaje con los ojos, conla palabra y no pocas veces con
las manos. Yallá, en lo alto del firmamento, iguales corros denubes pardas y tristes
amontonándose en silenciosobre la vetusta catedral, para escuchar enlas noches
melancólicas de otoño los lamentosdel viento al cruzar la alta flecha calada de latorre.
Estamos en Noviembre. El conde de Onísacostumbra a pasear a caballo lo mismo
en losdías claros que en los oscuros. Cada vez menosle place la compañía de los
hombres. Su carácterse ha hecho más receloso y melancólico. Elpecado aniquiló los
débiles gérmenes de alegríaque la naturaleza había depositado en su corazón.El
 
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