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El Maestrante

esfuerzos por parecer alegres; se hablabaen voz alta, se reía comentando la torpezadel
criado, el miedo de Manuel Antonio a volcar.
Traslucíase, no obstante, una gran tristeza.Cuando la conversación se interrumpía,
las frentesse arrugaban, los semblantes se oscurecían.Al entablarla de nuevo, las
palabras resonabanlúgubremente en el lujoso comedor.
La novia se retiró para cambiar de traje. Pocodespués apareció de nuevo, con el
mismo semblanteimpasible. Según los planes de D. Juan,debían irse inmediatamente
para tomar en unpueblo próximo la silla de posta. Los indecentesde Lancia quedarían
de este modo chasqueados.Cuando bajaron al jardín, donde esperabael coche, caía una
lluvia menuda y fría. Fernandabesó a su padre y entró en el coche. Elpobre anciano, al
recibir aquel beso en la mejilla,pensó que una corriente de aire frío entrabapor ella
paralizando sus miembros y helándoleel corazón.
El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrígate,Fernanda. Adiós, Santos. Que
vengan ustedespronto.» Ya están en camino. Antes deuna hora llegan a Meres,
esperan la diligenciay suben en ella. El mismo silencio obstinado porparte de
Fernanda. Las atenciones de Granateno le arrancan ni una sonrisa ni una palabra
degracias; sus ademanes grotescos y los desatinosque de vez en cuando deja escapar
tampoco hacensurgir en el semblante marmóreo de la jovenun gesto de fatiga o
disgusto. A ratos dormita,a ratos contempla con ojos atónitos el paisaje.Cuando
llegaron a las inmediaciones deLeón era ya noche.
Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar a la plazoletadonde cambia el tiro la diligencia
descubrengran golpe de gente, escuchan voces desaforadas,ruido desacordado de
instrumentos demúsica, tañido de cencerros. Y ven alzarse sobrela muchedumbre
algunos trasparentes pintados.
Paco Gómez, fecundo en trazas más que Ulises,había escrito a algunos amigos de
Leóntiempo atrás invitándoles a disponer una cencerradapara cuando Granate y su
esposa pasasenpor allí. La colonia de Lancia, que es numerosaen León, secundó
admirablemente los planes desu paisano. Todo lo tenían preparado. Sin embargo,estos
preparativos no hubieran servido denada sin la traición de Manuel Antonio, que
alllegar a Lancia notició secretamente a Paco loque pasaba. Éste aprovechó el
telégrafo, reciéninstalado, y se puso en comunicación con sussecuaces.
Fernanda tardó en darse cuenta de que aquellaalgazara iba contra ella. Cuando, por
algunosgritos que llegaron a sus oídos, vino en conocimientode ello, empalideció, sus
ojos se dilatarony, dando un grito, precipitose a la ventanillapara arrojarse fuera.
Granate la detuvo sujetándolapor la cintura. La joven luchó algunos momentoscon
furor; pero no pudiendo desprendersede aquellos brazos cortos y membrudos deoso,
se dejó caer al fin en el asiento, llevose lasmanos a la cara y rompió a sollozar.
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