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El Maestrante

aliñó y, tomando apresuradamenteel desayuno, se salió a la calle liadoen su capa y
debajo de ella el artefacto musicalque tan gozoso le había puesto. A
cuantosencontraba detenía con guiño misterioso, y metiéndoseen el portal más
próximo les mostraba,lleno de emoción, el contrabando que traíaoculto. Ninguno
preguntaba lo que iba a hacercon él. Sonreían, le apretaban la mano
significativamentey solían preguntarle al oído:
—¿Para cuándo?
—Esto para la noche, pero a las doce sale lacarroza.
—¿Se escaparán?
—¡Ca! Están bien tomadas las medidas.
Y seguía su camino, embozado hasta los ojos,porque hacía un frío de dos mil
diablos.
Otros no se limitaban a sonreír y apretarle lamano, sino que en justa
correspondencia a suconfianza sacaban con mano temblorosa de losbolsillos del
gabán o de lo interior de la gabardinaalgún instrumento resonante también demenor
categoría, una trompeta, un cuerno decaza, una matraca. Moro aplaudía, alababa
elinstrumento sin hacer alarde de su superioridad.Y proseguía con marcha oblicua y
trabajosa, nohacia la confitería de D.ª Romana, que era eltérmino glorioso de sus
expediciones matinales,sino hacia casa de Paco Gómez.
Resonaba ésta ya con los pasos agitados y elvocerío de una muchedumbre de
jóvenes diligentes.Todos ellos trabajaban con verdaderoafán, con ahínco que rara vez
se ve en los talleres.Unos cortaban estandartes, otros moldeabancaretas de cartón;
quiénes pegaban letrasnegras a los trasparentes de un farol; quiénesvestían
primorosamente dos grandes muñecos;quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar
lasboquillas de varios bombardinos y serpentonessemejantes al que Moro llevaba. La
estanciaera una inmensa sala destartalada. Paco Gómezhabitaba el palacio de un
marqués que jamáshabía puesto los pies en Lancia, del cual supadre era mayordomo.
El implacable bromistapresidía vigilante y solícito los trabajos de suscompañeros,
acudiendo a todas partes, saliendoa cada momento para dar órdenes a los criadoso
para recibir los mensajes que le enviaban.Nunca se le había visto tan afanoso.
Generalmenteera displicente, y hasta en las bromasmás premeditadas mostraba cierta
actitud desdeñosa,sincera o fingida, que le hacía mástemible. Ahora echaba todo el
cuerpo fuera. Esque se trataba de la farsa más estupenda y regocijadaque había
presenciado jamás la ciudad deLancia desde que los monjes de San Vicente
habíanvenido a fundarla. El motivo era que se casaba...(apenas si la pluma se atreve a
estamparlo)Fernanda Estrada-Rosa... se casaba...(vamos, que cuesta trabajo decirlo)
¡se casabacon Granate!
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