Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

El Maestrante

Al apartarse, la embriaguez había desaparecidopor completo. Dirigió una mirada
vaga,extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquiriósúbito expresión de espanto, se
fijó en élcomo en un animal extraño que la viniese aacometer.
—¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!—exclamóllevándose la mano a la frente.—
¡Dios mío! ¿Quéme pasa? ¿Estoy soñando?...
Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores,le gritó con rabia:
—¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga ustedinmediatamente! ¡Salga usted! ¡salga
usted!—repitiócon grito cada vez más alto.
Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia lapuerta ella se lanza de pronto fuera,
sale disparadapor los pasillos y, al llegar cerca de la escalera,cae atacada de un
síncope.
La levantaron, la prodigaron mil cuidados.Al recobrar el sentido brotó de sus ojos
un raudalde lágrimas; no cesó de llorar en toda latarde. Cuando la comitiva se puso de
nuevo enmarcha hacia la población aún seguía llorando.
—¿Han visto ustedes qué vino más llorón tieneesta niña de Estrada-Rosa?—decía
riendo elcapitán Núñez.
IX
La mascarada.
Momentos antes de que la rosada auroraabriese de par en par las ventanasdel
Oriente, Satanás, que amanecióde humor campechano, envió a Lancia almás travieso
y juguetón de los demonios conencargo de despertarla. Batió sus negras alas
elministro de Averno sobre la ciudad y lanzó unacarcajada horrísona, estridente, que
logró arrancarde las profundidades del sueño a todos sushabitantes. Despertaron con
unas ganas atrocesde reír, de alborotar, de burlarse de la autoridadgubernativa,
improvisar coplas y decir barbaridades.
Uno de ellos, imaginamos que haya sido JaimeMoro, lo primero que hizo al saltar
de lacama fue llamar al criado y preguntarle consemblante risueño si D. Nicanor, el
bajo de lacatedral, le había prestado al fin su figle. Elcriado, sin responder, saliose un
momento delcuarto y no tardó en aparecer con un descomunalserpentón entre las
manos. Y sin respeto algunoa su amo aplicó los labios a la boquilla yprodujo un ruido
temeroso semejante al rugidode un león. Moro, en calzoncillos como estaba,hizo una
pirueta y tres o cuatro zapatetas en señalde íntimo regocijo, como si aquel ruido
bárbarohubiese tocado las fibras más delicadas desu corazón. Después de probar por
sí mismo aproducir idéntico rugido y cerciorarse de que erabien capaz, se vistió, se
 
Remove