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El Maestrante

En estos frenesíes de cólera ideaba vengarse.Escribió varios anónimos a D. Pedro,
peroninguno llegó a su destino. Antes de echarlosal correo los rompía. El gran fondo
de dignidadque había en su carácter se sublevaba ante unproceder tan bajo; los rompía
vertiendo lágrimasde despecho. Después de hacer trizasel último que escribió, tuvo
ocasión de alegrarse,pues supo casualmente aquella nocheque ninguna carta llegaba a
poder de Quiñonessin pasar por las manos de su esposa. Otras vecesno podía más; se
rendía a la pesadumbre desu pena y se dejaba caer en una butaca, y pasabalargo rato
con los ojos extáticos en meditaciónintensa y dolorosa. Acometíanle, en
estosmomentos, súbitos arranques de ternura; se confesabasin rubor, con gozo
voluptuoso, el amorque sentía; perdonaba a Luis de todo corazón yse prometía amarle
toda la vida en silencio, noser jamás de ningún otro hombre. Según trascurríanlos días
este sentimiento se irritaba, setrasformaba en deseo enfermizo, irracional.
Laexcitación de los sentidos, que al fin despertabanen ella de un modo violento,
juntábase al cosquilleodel amor propio herido, para mantenervivo este deseo. Poco le
faltaba, cuando veía aLuis a su lado, para abrirle su pecho y confesarlela abrasadora
pasión que sentía.
Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernandabuscaba a su ex-novio por la finca.
Todo loque allí había le interesaba profundamente, elbosque, la casa, los criados,
hasta los animalesque pastaban en la pradera; sobre todo esparcíauna mirada
simpática, brillante de emoción.¡Cuan amable le parecía aquel caserón
estropeado,roído por la humedad y los ratones! Despuésde vagar por las regiones más
solitarias delbosque largo rato, entró distraídamente por losprados; descendió
lentamente hasta cierto sitiodonde había algunos obreros abriendo una zanjaprofunda
para desecar el terreno. Allí supo, sinpreguntarlo, que el conde, después de estar
unrato mirando la obra, se había marchado. Esperóalgún tiempo para disimular, y al
cabo seapartó con lento paso, arrastrando la sombrilla,como quien no sabe adónde
enderezarse.
En efecto, no lo sabía. Pero no por falta deobjetivo, sino porque ignoraba dónde
estuvieraéste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sindeterminarse con claridad; la de
que Luis pudierahallarse a solas en aquel momento conAmalia. Poco a poco, a medida
que marchabapor el campo, esta idea fue adquiriendo relieve.Y según se precisaba, le
roía el corazón, se lollenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿Noconocía
perfectamente sus relaciones adúlteras?Pues, con todo, le causaba viva irritación,le
parecía que no debía sufrirlo, que teníaderecho a impedir que se juntasen. Sin
darsecuenta de lo que hacía apretó el paso. Sus nerviosse iban alterando. Cuando llegó
a la corradaestaba enteramente persuadida que los adúlterosse hallaban juntos y solos.
Entró en lacasa y, como quien la visita por curiosidad, larecorrió toda, escudriñó hasta
las más apartadasestancias. No logró verlos; pero la circunstanciade no hallar a
Amalia por ningún sitio la confirmóaún más en su sospecha. Fatigada de tantobuscar,
inflamada de anhelo, nerviosa, salió denuevo al aire libre. Evitó el encuentro de
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