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El Maestrante

en queaquello ha sido un escopetazo, y manifiestan ala desgraciada esposa una
ardiente simpatía.
VIII
El vino de Fernanda.
Fernanda no había presenciado nada deesto. Estuvo a primera hora en el
bosque,haciendo de ninfa pudorosa comosus compañeras; pero cansada pronto del
papel,se apartó de ellas y comenzó a discurrir por loslugares más solitarios. Su
cabeza, tan erguidasiempre, se doblaba bajo el peso del tedio o lapreocupación; su
talle flexible, ondulante, semovía sin compás girando a un lado y a otrocomo el
cuerpo de un beodo; arrastraba losojos por el suelo, aquellos hermosos ojos
africanosque eran el más preciado ornamento de lanoble ciudad de Lancia, y por su
frente pálidacruzaba una arruga bien profunda, signo de pensamientofijo y doloroso.
¡Cuánto le había atormentadodesde hacía dos meses! La impresiónque los amores del
conde habían dejado en sualma, sofocada al principio por el orgullo, porla esperanza
de volver a ellos, se había dilatadode pronto al conocer el secreto de su desvío,había
hecho irrupción en ella, la había llenadotoda y la abrasaba de amor y de celos.
Erantanto más ásperos éstos cuanto que vio claramenteque Luis la había estado
engañandomucho tiempo, le había fingido cariño cuandoamaba ya a otra. La
miserable traición deAmalia la sublevaba, le inspiraba horror y repugnancia;pero la
del conde, tenía que confesárselo,la traspasaba de dolor y acrecía supasión
desmesuradamente.
Supo, no obstante, mantener su dignidad aflote. Siguió frecuentando el trato de
Amalia ymantuvo con ella en apariencia las mismas relacionesamistosas, mas a
despecho suyo, sin darseella misma cuenta, había unas veces en su actitud,otras en sus
ojos, otras en su acento, un levedejo amargo y desdeñoso que no pasó inadvertidopara
la penetrante valenciana. Con su ex-noviose mostró circunspecta, dejó aquel
tonoagresivo que con él acostumbraba a emplear yse hizo más suave y formal; pero
también, congran disgusto suyo, la emoción que sentía al hablarlese le traslucía no
pocas veces en una levealteración de la voz y en palideces o rubores enfadosos.Su
vida interna, durante aquellos seismeses, había sido devorada por una actividad
febril,ansiosa, mareante, disimulada con esfuerzobajo actitud tranquila y altiva. A
veces lasorda irritación que la minaba no podía resistirtanta presión, y estallaba en un
flujo de palabrascandentes, injuriosas, que pronunciaba en vozbaja, al advertir algún
signo de inteligencia entrelos traidores. Su naturaleza ardiente, orgullosa,lisonjeada
por un padre que llegaría hastael crimen por darle gusto, y por un enjambre
deadoradores postrados a sus pies, botaba anteaquel obstáculo, el primero con que
había tropezadoen su vida, como un potro salvaje.
 
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