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El Maestrante

de saltar la acequia volviéndose deespalda. Estas palabras fueron acogidas con
respetopor sus colegas, pero también con un silencioque al capitán se le antojó
dubitativo. Y sinaguardar más resuelve confundirlos. No se despojade una sola prenda
del uniforme, que estoqueda para los neófitos; toma vuelo, y al llegaral borde del agua
se vuelve y da el salto, perocon tan mala fortuna que los pies se le enredanen unos
juncos y cae de espaldas tan largo comoera enmedio del arroyo. Se oculta a las
miradasde sus amigos por un momento, y sale al fin bufandoy chapoteando como un
verdadero tritón,diciendo que no es nada y que va a saltar otravez para que se vea.
Pero su padre político nolo consiente. Le pasea las manos por el cuerpopara
cerciorarse de que está calado (¡cómo habíade estar!) y, presa de insana agitación,
él,que hacía poco tiempo hubiera exterminadoen pleno a toda la milicia, comienza a
gritar:
—¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!...¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!...
¡Fricciones!...¡Una fiebre reumática!
Y otras exclamaciones más o menos coherentes,que daban testimonio del profundo
interésque la salud del oficial le inspiraba.
Núñez, aunque guerrero, cede a sus instanciasy vuelve hacia la casa con semblante
fiero y ceñudo,enteramente resuelto a quitarse hasta loscalcetines y a meterse en la
cama mientras semanda propio a Lancia por una muda. Todossus amigos le rodean, y
así llegan hasta la casa.Emilita, que está al balcón, al verlos de aquellaguisa, pregunta
con sorpresa:
—¿Qué es eso?
—Nada—le grita su papá,—que Núñez se hacaído a la acequia.
Naturalmente al oír esto Emilita lanza un gritodesgarrador y cae desmayada en
brazos devarias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciandosu propia salud, corre a
socorrerla. Enpocos momentos se llena la habitación de vasosde agua y salen a relucir
también dos o tresfrascos de antiespasmódico. Cuando empieza arecobrar el
conocimiento y llega el momentocrítico de las lágrimas, su hermana Micaela nopuede
contenerse; increpa violentamente a supapá.
—¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Seha figurado usted que su hija tiene el
corazónde bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesitapara herir de este modo a una
pobre criatura!...
La pobre criatura le paga aquella defensa conuna mirada cariñosa de sus ojos
húmedos, apretándoleal mismo tiempo la mano. El Jubilado seencuentra en el último
grado del abatimiento yapenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñezvivo a su
lado no había razón para tantosusto.» Las señoras juzgan que Micaela ha
estadoirrespetuosa con su padre, pero al mismotiempo no pueden menos de convenir
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