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El Intruso

piadosas.Su ideal consistía en tener á los liberalitos en un puño
y no dejarque las gentes de la Maketania se apoderasen del país.
Pasaba en Bilbaopor ser uno de los jóvenes más elegantes, pero
cuando llegaban luchaselectorales, se le veía con la boina sobre
los ojos, empuñando un enormegarrote, al frente de los aldeanos
de los pueblecillos inmediatos. Larizosa y poblada barba, la
nariz aguileña y pesada y sus ojos negros debohemio, dábanle
gran prestigio entre las gentes del campo, porque lashacía
recordar la cara adorada de su ídolo.
—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda la cara
de donCarlos.
Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre
por la másleve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por
exceso deentusiasmo, relacionasen su nacimiento con los
veleidosos amoríos delfugitivo rey de las montañas. Su familia,
arruinada por la guerra,apenas si le había dejado una renta
exigua para vivir, y Urquiola seayudaba buscando la protección
de las familias más linajudas de Bilbao,que veían en él un
acabado ejemplar de la juventud sana educada enDeusto.
Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la
mismaviolencia de su partido cuando se batía en los montes. Por
las nochesmezclábase en los escándalos de ciertas casas del
barrio de SanFrancisco, donde ejercía alguna superioridad sobre
las infelicesmercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su
nombre y la leyendasobre su nacimiento que le convertía casi en
un príncipe. Los amigostenían fe en su porvenir. Los padres de
Deusto le protegían, sonriendobenévolamente ante lo que
llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida:ya le casarían
ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.
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