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El Intruso

irresistible, poniéndolo á cubierto dehumillaciones; porque con
un puñado de su riqueza, esparcida sinregatear, lograba
entretener diariamente al enemigo, con el que estabaobligado á
hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amarguradel
aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la
alegríamomentánea que experimentaba al ver á su primo, el
único que lograbaablandar su carácter huraño, excitando sus
confidencias.
El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de
vapores queesperaban turno para la carga; de buques sin flete
que dormían en lasaguas muertas. Era el hospital de los barcos,
según palabras de Iriondo.En medio de aquel pueblo flotante,
estaban los yates de los ricos deBilbao, blancos y ligeros como
juguetes, con la cubierta entoldada pararesguardar los dorados y
las maderas preciosas de las cámaras. Elmillonario lanzó al
pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme ygallardo,
una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida delmar,
de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las
miseriasy preocupaciones terrestres.
Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el
horizontecon su red de cables movibles. En la ribera de enfrente,
los altoshornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de
fundición, susnumerosas chimeneas coronadas por las nubes de
humo multicolor. Bajo losextensos cobertizos notábase el
hormigueo de varios miles de obreros.Llegaban arrollados por el
viento los estrépitos de la industria, elmartilleo poderoso, los
resoplidos de las máquinas, el mugido de losconvertidores del
acero que lanzaban por encima de las techumbres suchorro de
chispas y escorias.
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