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El Intruso

Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja
de aquelprimo que le había invitado á comer por ser sus días. En
todo eldistrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el
nombre con unaadmiración casi religiosa. Hasta los que
vociferaban contra su riqueza ypoderío, le temían como á una
fuerza omnipotente.
El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán,
estremeciéndose defrío. El cielo plomizo y brumoso se
confundía con las crestas de losmontes, como si fuese un toldo
gris que hubiera descendido hastadescansar en ellas. Soplaba el
viento furioso de las estribaciones delTriano, que arranca las
boinas de las cabezas. Aresti se afirmó loslentes y siguió
adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignadadel
médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de
suszapatos de monte se pegaban al barro; la cachaba iba
marcando con sulanza un agujero á cada paso.
La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos
contratistas delas minas, lo más distinguido de Gallarta;
antiguos jornaleros que ibancamino de ser millonarios y, no
pudiendo coexistir con sus antiguoscamaradas de trabajo, ni
tratarse con los burgueses de Bilbao, sepegaban al médico
acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba enellos cierto
orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en elextranjero
y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivirentre
ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distritominero.
Esto les halagaba como si fuese una declaración de
superioridaden pro de los mineros de las Encartaciones sobre los
chimbos deBilbao. Además, respetaban al doctor con cierta
adoración supersticiosaporque era primo hermano de Sánchez
Morueta y éste no ocultaba su grancariño al médico...
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