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El Intruso

Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el
doctorAresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas
de la cuencaminera. En la Arboleda los peones clamaban contra
las cantinas,afirmando que los capataces eran los verdaderos
dueños, y que el obreroque no se surtía de víveres en ellas era
despedido del trabajo. EnPucheta, que era donde vivían los más
levantiscos, habían ido ánavajazos un día de paga, por negarse
dos trabajadores á satisfacer sudeuda en la tienda de un
protegido de los contratistas. Se hablaba de ungran mitin en la
plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos losmineros para
acordar la huelga, en vista de que no era admitida supetición en
favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba lamúsica
los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos
obrerosde Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se
dedicaban á lapropaganda de las doctrinas socialistas y á la
organización de lasfuerzas obreras. Y mientras llegaba el
momento de la rebeldía, losrepresentantes del partido en la
cuenca minera, que eran en su mayoríataberneros, derramaban
en la irritada masa el consuelo del alcohol y delas teorías
revolucionarias.
El Milord, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con
alarma, delos pinches de las minas. Aquellos diablejos que
llevaban el cuchillo enla faja, y á los que no se atrevían á
maltratar los peones por miedo ásus venganzas de gato, le
infundían mucho miedo. Ellos eran lavanguardia ruidosa de
todas las huelgas, comprometiendo á los hombrescon sus
audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se
proponían.Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la
guardia civil, cuandoen vísperas de revuelta paseaba sus
tricornios por los caminos de lamontaña. Ahora, el Milord
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