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El Intruso

Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había
escuchado lasexplicaciones sobre la moral, para ella confusas,
guardando ciertacalma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo
y á Dios. Pero esto deahora iba contra Jesús; y la indignaba, más
aún que si hubiesen negadosu existencia, aquello de llamarle
poeta. ¡El hijo de Dios un poeta!Para una millonaria era este el
más refinado de los insultos.
—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú
consientes estasatrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su
primo, comoasustado en su interna somnolencia por el
inesperado choque.
—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión
de suesposo.—No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale
gracias á tupadre, que te permite aprender en casa cosas tan
horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó,
dudando unmomento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel
era el momento depresentarse como un paladín de la fe, de hacer
la cuestión personal ennombre de Jesús y que se tragara el
médico á puñetazos aquello de«poeta», que no le indignaba á él
menos que á doña Cristina. Pero leinspiraba gran respeto la
presencia del millonario, temía disgustar altío y acabó por
marcharse en busca de las señoras.
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