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El Intruso

Estaba el señor Goicochea á media mañana, trabajando en su
despachocontiguo al de Sánchez Morueta, cuando se incorporó
en el asiento consorpresa, viendo entrar á su principal.
Tres días antes había salido para Biarritz, manifestando á su
secretarioque tardaría unas dos semanas en regresar, y se
presentabainesperadamente, con una cara que daba miedo. ¿Qué
negocio se le habríatorcido al grande hombre, hasta el punto de
hacerle perder su solemnegravedad?...
Su voz sonaba trémula y algo aflautada; una voz de ira; sus
ademanesaparecían descompuestos, y lo que más asustaba al
secretario, era quehablaba mucho, que había perdido su
concisión característica y vacilabaenvolviendo en palabras y
más palabras sus tardos pensamientos.
—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está
abajo. Aviseusted por teléfono que luego iré.... No, diga usted
que no voy, que nome esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero,
qué hace usted ahí parado,mirándome como un bobo?... ¡Eh,
alto! no se vaya usted tan pronto. Aver, ¡que suba el Capi!
Llame usted á don Matías. ¡En seguida;listo!...
Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día
que leesperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas,
pero buenas,como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había
visto perder laserenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo
recuerdo de susarrebatos.
Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta
paseandocasi á saltos por el despacho, como una bestia
enjaulada, las manosatrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo
en ver á Iriondo, que nopasaba de la puerta.
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