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El Intruso

Sánchez Morueta se esforzaba por contestar á gusto de su hija.
Era laúnica persona ante la cual se abatía su mal humor.
Hablaba con la cabezabaja, evitando mirar á su mujer, sentada
enfrente. Varias veces sus ojosse habían encontrado con los de
Cristina, fijos en él con una expresióndesconocida. Esta caricia
muda que tenía algo de súplica, le causabapor su novedad cierta
molestia.
Después de comer, el millonario se entró en su despacho.
Cristina dejó pasar mucho tiempo y cuando los arpegios del
piano lahicieron saber que Pepita estaba en el salón, se dirigió
con pasoresuelto en busca de su marido.
Tembló al dar un golpe en la puerta para anunciar su
presencia. Seacordaba de los cuentos de la infancia; de aquellas
niñas medrosas queiban en busca del ogro.
Al entrar en el despacho vió el gesto de asombro de Sánchez
Morueta, quecreía en la llamada de un criado: notó el
movimiento instintivo de susmanazas, para ocultar bajo los
papeles varios plieguecillos de diversoscolores que releía con
gesto hosco.
Aquellas cartas ella las conocía. Por una asociación de
recuerdos,volvió á su memoria el «Mon gros loup cheri», y sin
saber por qué,sintió una tentación infantil de reír ante el
gigantón de aspectoimponente; de arrojarse á su cuello,
repitiendo, como Dios le diera áentender, aquella frase de
cocotte, que debía encerrar algún misteriomágico para
apoderarse de los hombres.
—¿Qué quieres? ¿qué ocurre?—preguntó el marido con
extrañeza.
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