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El Intruso

hacían necesaria supresencia en la capital. Su esposa aceptaba
con gusto estas ausencias.No era que el millonario se opusiese á
los gustos de su mujer éinterviniera en su vida; pero se sentía
mejor cuando estaba sola, sinver aquellos ojos fríos, que no
transparentaban el más leve reproche, yque á ella se le antojaba
que la seguían en todos sus movimientos, comouna protesta
muda.
Pepita presenciaba desde un rincón el tocado de su madre. No
se laescapaba el gran cambio que ésta había sufrido. Los trajes
elegantes deotro tiempo, se apolillaban abandonados en el
guardarropa, sin quenuevos encargos á París y Madrid vinieran á
sustituirlos. Se preocupabaalgunas veces de las galas de su hija;
quería verla elegante, y laaconsejaba mirando los periódicos de
modas, con la misma bondad con queuna persona mayor discute
con un niño sobre juegos. Iba siempre vestidade negro, con telas
pobres y sin brillo. Pepita notaba en sus ropasinteriores un
abandono, una rudeza, que algunas veces llegaba á rebasarlos
límites de la higiene. Revelábase en ella el desprecio á la
carne,de los devotos fervientes; el abandono físico, la suciedad
cantada comomérito celestial en la vida de muchos santos.
Deseaba mortificar su carne, y su hija la veía en la mesa
repeler losmejores platos, los que en otros tiempos eran más de
su gusto, afirmandoque ahora le repugnaban. De su dormitorio
habían ido desapareciendo pocoá poco todos los muebles que
significaban ostentación ó comodidad. En elresto de la casa
tronaba el lujo suntuoso y sólido, mientras en sucuarto sólo
quedaba una cama de criada, angosta y dura, que había
hechobajar de las buhardas, y un Cristo grande y ensangrentado
que ocupabacasi un lienzo de pared, entre dos cromos de vivos
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