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El Idilio de un Enfermo

—¡Este padre, que no tiene más gusto que avergonzarme!
IX
Desde aquel día Andrés acudió a casa de Rosa. Iba de
ordinario por lastardes, después de comer, y se volvía a la
rectoral al toque de oración.A veces también por la mañana le
guiaban a ella el deseo y los pies. Lacasa era como la de todos
los paisanos, aun los mejor acomodados, pobrey fea: en el piso
bajo estaba la cocina, con pavimento de piedra yescaño de
madera ahumada: arriba había una salita con dos cuartos: enuno
dormían Rosa y Ángela; en el otro, su padre; abajo, en un
cuartucho,Rafael y el criado. Estaba aislada, cerca del camino, y
tenía delanteuna corralada; por detrás, miraba a la finca donde
Andrés habíapenetrado de improviso, y tenía puerta para el
servicio de ella.Llamaban a aquel sitio el Molino, por más que
no estuviese allí, sino unpoco más lejos. Tomás y su familia no
eran conocidos más que por «losdel Molino:» Tomás el
molinero, Rosa del molino, Rafael el del molinero,etc. En el
pueblo, «ir al Molino,» lo mismo significaba ir efectivamentea
tal sitio que a la casa de Tomás. Las tierras que éste cultivaba,
elmolino, la casa misma que habitaba, no le pertenecían: todo lo
llevabaen arriendo, como su padre y su abuelo. Su hermano
Jaime, al llegar,haría cosa de un año, de la isla de Cuba, quiso
comprar la casería; masaunque daba por ella lo que no valía
realmente, su propietario, unmarqués residente en Madrid, no se
la quiso vender. Tomás vivía conbastante desahogo, dada su
condición, pero sin economizar un ochavo, y aveces un tantico
apurado.
Su hija Ángela era una muchachota fresca y robusta, de diez y
ocho años,uno más que Rosa, que tenía poco de particular, lo
mismo en lo físicoque en lo moral. Rafael, un chicuelo de
 
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