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El Idilio de un Enfermo

posarse cerca, con sus notas puras ycristalinas. El bosque se
estremeció de dicha al escuchar aquel gritoaflautado, aquel
canto tierno y melodioso que recogía la frescura, lasarmonías,
los misteriosos hechizos del bosque, para dirigirlos alHacedor
como un himno matinal de gracias. Andrés también sufrió
unasacudida. La emoción, que le había ido embargando poco a
poco, sedesbordó en lágrimas por sus ojos. Lo que sentía era tan
nuevo, tandulce, que llegaba a hacerle daño. El llanto le
refrescó.
VII
Sonaron por tercera vez las campanas de la iglesia,
respondiendo con unconcierto bullicioso e ininteligible al canto
claro y sosegado delmirlo. Andrés se levantó para oír misa.
Estaba la iglesia no muy lejosde la rectoral. Cuando llegó a ella,
aún no habían terminado el rosario,que en las aldeas precede los
domingos al sacrificio incruento. Pero alrosario asisten
solamente las mujeres y los devotos: los espírituslúcidos, los
temperamentos volterianos de la aldea se quedan en elpórtico
fumando y charlando en alta voz.
En ocasiones, las voces son tan altas, que el cura se ve en la
precisiónde salir a imponerles silencio. Con tal motivo, les
pronuncia siempre undiscurso, en que los llama, entre otras
cosas, escribas; pero losfeligreses recalcitrantes no se dan por
ofendidos, y reciben laspedradas del pastor bajando la cabeza
con sonrisilla irónica.
Nuestro joven entró en la iglesia, que era reducida y pobre, y
despuésde hacer una genuflexión ante el altar mayor, siguió
hasta la sacristía,cuartito más pobre aún que la iglesia, con una
ventanilla redonda pordonde entraban los rayos del sol. Un arca
 
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