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El Idilio de un Enfermo

—¡Cáscaras! Me alegro... No pensé yo que sería tan puntual.
Allá voy,allá voy ahora mismo...
Pero ya se había adelantado la señora Rita, con su faz mórbida
y páliday la figura de perro sentado, a recibir al viajero con
entusiasmo querayaba en frenesí.
—¡Virgen del Amor Hermoso! ¡El señorito Andrés! ¡Qué
escuálido viene elpobrecito! ¡Si parte el corazón!
Y al proferir tales palabras, como Andrés no se había apeado,
le besabauna de las manos con efusión. A nuestro viajero le
sorprendióagradablemente que su mal estado de salud partiese el
corazón de unapersona que nunca le había visto. Echó pie a
tierra, se despidióafectuosamente de Celesto, y abrazado de su
tío y escoltado por el ama,subió la tortuosa escalera de la
rectoral.
V
El cura de Riofrío frisaba en los sesenta años. Era un hombre
pequeño ygrueso, de cuello corto, rostro mofletudo y rojo, o por
mejor decir,morado; los ojos claros y redondos, como trazados a
compás; ágil en susmovimientos, a pesar de la obesidad, y fuerte
como un atleta. Laexpresión ordinaria de su fisonomía, dura,
casi feroz; mas cuando teníaque expresar algo, aunque fuese lo
más insignificante, v. gr., cuandopreguntaba la hora o el tiempo
que hacía, hinchaba de tal suerte sunariz borbónica, abría los
ojos desmesuradamente y los clavaba con talfuerza en el
interlocutor, que éste necesitaba mucha presencia de ánimoy
sangre fría para no echarse a temblar.
Andrés se sintió profundamente intimidado cuando su tío le
propuso quese quitase las botas y se pusiese las zapatillas.
 
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