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El Idilio de un Enfermo

manos, se podía apostar a que estelibro era de versos. El tuyo te
dice que actualmente hay seguridad deque el libro es la ley
municipal o un compendio de Derechoadministrativo.
¿Caminamos por este sendero a la civilización y
alengrandecimiento de la patria, o vamos derechos a la barbarie
y aldesprecio de las naciones cultas? Tú o tus hijos lo sabréis.
Yo moriréantes de que se averigüe.
De todos modos, a nadie se le oculta que las letras cuentan con
pocosapasionados en España. La prensa periódica, en vez de
difundirlas yalentarlas, contribuye no poco con su desvío a la
tristeza y languidezen que vegetan. Es más; la facilidad que el
primer advenedizo logra (acondición de solicitarlo) para ver sus
producciones, malas o buenas,ensalzadas hasta las nubes,
demuestra mejor aún el desdén con que semiran.
Pero como no existe en este mundo tan relativo nada
absolutamente buenoo malo, pienso que hay en tal desvío algún
motivo para regocijarse.Cuando las letras se hallan en auge y
agitan y apasionan al público yengendran disputas y encienden
la cólera de los críticos, me parecepunto menos que imposible
que el escritor se sustraiga a la influencianociva de tanto ruido.
El anhelo del aplauso y las ventajas materialesque consigo
arrastra por una parte, y por otra el temor a las censurasde los
críticos, le turban, le excitan, le impiden, en suma, escribircon
aquella serenidad sin la cual se hace imposible la producción de
unaobra de arte duradera. Ya no consulta libremente el oráculo
de lanaturaleza, sino las aficiones de un público tornadizo o el
gusto dealgún crítico irascible, pedante y ramplón.
Por fortuna, de tales plagas, que abundan en Francia y en
otrasnaciones, nos vemos libres los escritores españoles. Aquí,
ni el interéscon que el público acoge nuestras obras puede
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