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El Idilio de un Enfermo

embarcó en eltren del Norte, sin ver a su amante, ni dar parte a
nadie de su marcharepentina, como quien escapa de violenta y
temerosa persecución.
Ni la justicia ni enemigo mortal alguno le perseguían. El único
que leacechaba los pasos, esperando impaciente el momento
oportuno deacometerle, era aquel fantasma pálido y hediondo
que se le habíaaparecido al arrojar algunas gotas de sangre por
la boca.
III
Cuando el joven Heredia se acercó al despacho del ferrocarril
minero queenlaza el puerto de Sarrió con la villa de Lada,
solicitando un billetede primera, el expendedor le clavó una
mirada honda y escrutadora, y leexaminó detenidamente de la
cabeza a los pies, preguntándose concuriosidad:—¿Quién será
este joven? Me parece que no le he visto hastaahora. ¿Algún
nuevo ingeniero que hayan traído los Iturraldes? Está
bienflaquito el pobre.
En la vasta sala de espera, negra por el polvo de carbón, no
habíanadie. El expendedor pudo examinar largo rato aún al
viajero. Al cabode un cuarto de hora de pasear por aquel
inmenso y sucio camaranchón,apareció un mozo con el rostro
embadurnado también de carbón, empuñandouna campana de
bronce que hizo sonar con fuerza; y encarándose al
propiotiempo con nuestro joven, gritó reciamente:
—¡Viajeros al tren!
—Oye, Perico—gritó el expendedor desde la taquilla.—
¿Quién te hamandado dar la señal?
—Es la hora—repuso el mozo, malhumorado.
 
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