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El Idilio de un Enfermo

Por la mañana muy temprano ya estaba allí su tío,que había
salido de Riofrío antes del amanecer.
—¡Pero hombre!... ¡pero hombre!
El joven no supo qué contestar y bajó la cabeza.
Afortunadamente nofueron más allá las recriminaciones del
cura. Inmediatamente comenzó ahablar de los medios de sacarle
de la cárcel. Tenía su plan formado: ira ver al juez y decirle
quién era el reo y todo lo que había pasado. Yen efecto, así lo
hizo. Entonces supo que el tío Tomás era quien habíadenunciado
a Andrés como raptor de su hija Rosa. El juez, en
cuantoaveriguó que el joven detenido era hijo de un antiguo
ministro delTribunal Supremo, a quien conocía de nombre,
escritor público yhacendado, se apresuró a venir a tomarle
declaración. Después, mediantefianza, decretó la excarcelación.
—Ea, ya estás libre—le dijo su tío llevándole a almorzar a
unaposada.—Lo que importa ahora, demonio de muchacho, es
que te marchescuanto antes... Lo demás, me entiende usted,
corre de mi cuenta... Yo meencargo de probar que no ha habido
tal robo ni tales calabazas...
Así se hizo. Aquella misma tarde Andrés subió de nuevo a un
coche delferrocarril minero, pernoctó en la capital de la
provincia, y conveinticuatro horas más de viaje se plantó en
Madrid.
XVII
¡Qué gordo! ¡qué moreno! ¡qué cambiado está usted, amigo
Heredia! ¿Dóndese ha puesto usted de esa manera?
Por donde quiera que iba, llegado a la corte, escuchaba estas
osemejantes exclamaciones. Los amigos le abrazaban con
 
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