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El Idilio de un Enfermo

No tuvieron tiempo más que para salvar corriendo la distancia
que lesseparaba de un recodo que el camino hacía. Tomás
apareció en seguida conel candil en la mano vomitando injurias.
—¡Ah perra, perra! ¿Te has escapado con tu señorito, eh? ¡Ya
volverás ynos veremos las caras!
Y se entró otra vez en la cocina, sin hacer caso de Ángela que
leinstaba con muchas lágrimas y gemidos para que fuesen en
busca de suhermana.
XV
Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían.
El queprimero se cansó fue Andrés.
—Es inútil correr—dijo poniendo una mano en el hombro de
Rosa paradetenerla.—Nadie nos sigue.
Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban
el terrory la zozobra, escuchó con atención un rato, y
cerciorándose de que supadre no la perseguía, respiró libremente
y se fue serenando. Mas altropezar sus ojos con los de Andrés,
turbose de nuevo y se llevórápidamente las manos al pecho para
subir el pañolón que se habíaechado al bajar a la cocina. No
traía más que la camisa y una enagua. Alverse en aquella figura
delante del joven sintió gran vergüenza. Ambosquedaron
confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue laque
primero rompió el silencio con voz temblorosa.
—Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me
mate.
—¡Eso sí que no!—contestó él reteniéndola por el brazo.—
Ahora nopuedes volver de ningún modo. Es necesario que antes
 
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