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El Idilio de un Enfermo

momento de separarse, en la inflexióntemblorosa y enternecida
de la voz se adivinaba la emoción que embargabasu alma.
XIII
Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el
desairerecibido fue creciendo. En su interior no daba toda la
culpa a Rosa;hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el
galanteo de Andrésuna porción de meses con señales de no
disgustarle. Después, pensaba queTomás no había hecho lo
bastante por complacerle, no había obrado consuficiente energía
para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque sibien era
verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos
castigosquedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar
tardes enterascon su amante en el molino; y aunque últimamente
habían cesado estasvisitas, todavía no usaba con ella de la
debida vigilancia, porque entodas partes y a todas horas se veían
y se hablaban, de lo cual eratestigo el pueblo. Él mismo los
sorprendió más de una vez en lasencrucijadas de los caminos o a
la orilla del río, y se había vuelto porno tropezar con ellos.
De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra
suhermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza
la idea deque aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta
en el señorito deMadrid, trabajaba astutamente por encenderle
con la contrariedad yhacerle caer en una trampa de donde saliese
comprometido y obligado porlas leyes divinas y humanas a
casarse con su hija.
Con esto dejó de ir al Molino, se mostró seco con Tomás
cuando lehablaba; por último, un día le negó el saludo. Al
mismo tiempo no seocultó para decir en confianza por el pueblo
lo que en el Molinoocurría: las entrevistas de Andrés con su
 
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