Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

El Idilio de un Enfermo

acercando lentamentea ella, no dejaba de preguntarse con alguna
inquietud: «—¿Por qué habráquerido sonsacarme ese bergante?»
XI
La idea que Andrés había formado, por rumores y conjeturas
más que porexperiencia, del meloso D. Jaime, era la adecuada.
El entendimientoescaso, la conciencia turbia, los apetitos
despiertos, la condiciónmansa y peligrosa como la del agua
detenida. Su padre le había embarcadoa los catorce años entre
otros cuantos millares de ovejas humanas que lametrópoli
enviaba anualmente a las colonias ultramarinas. A loscincuenta
había vuelto, sin instrucción, sin creencias religiosas y sinsalud,
pero con treinta o cuarenta mil duros, ganados en el fondo deuna
bodega vendiendo arroz y tasajo para los negros. La vida de
bestiaenjaulada que observó por espacio de treinta y seis años no
era apropósito para desenvolver los gérmenes de inteligencia y
bondad que laprovidencia de Dios no niega a ninguna criatura
humana. Suspensamientos, sus sentimientos y los actos todos de
su voluntad eranvulgares y sórdidos. En cambio, el encierro
enardeció y sobresaltó sutemperamento y lo inclinó a los goces
sensuales, buscando en ellos lacompensación de los que la
libertad, la instrucción y el trato socialofrecen. Bien se
declaraban las torpes aficiones en el mirar opaco desus ojos,
hundidos y extraviados, y en la palidez cadavérica de
lasmejillas, a la cual también contribuía la dolencia crónica que
leaquejaba hacía algunos años.
Al llegar en el verano anterior a su pueblo natal habíase
alojado encasa de su hermano Tomás, quien pensó que se le
entraba con él lafortuna por la puerta. Pronto vino en cuenta de
su error. El indiano,aunque tuviese dinero, ni lo mostraba.
Largos seis meses lo tuvo dehuésped en casa, haciendo por
 
Remove