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El Fuego y la Siesta

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UNA VOZ QUE LABRA LA PIEDRA
Como bordar un libro en el silencio del suelo, duro, seco. Como traducir la música de
terrones que caen apagando un incendio. Como postales del desierto. Así este párpado
enhebrado al ojo de la cerradura, que sabe cantar e inventar lo que nombra. Paradojas de
la poesía: un párpado de piedra que vuela y nos cuenta su sueño.
De alguna manera El ojo de la cerradura, continúa aquel libro que Vilma Vargas Robles
publicó en 1983 con el título de El fuego y la siesta, galardonado dicho año en Honduras
con el premio de poesía “Juan Ramn Molina”. Ya en ese extenso poema, Vilma arrojaba
claves de su mundo al dedicarle un texto homenaje a la enclaustrada de Amherst, Emily
Dickinson. Y mencionar a la dama que vestía exclusivamente de blanco, es hablar de
encierro, extrañamiento de quien establece sus límites exteriores e interiores, su parcela.
Aquel primer libro mostraba ya una voz segura, un fluir natural del ritmo y un racimo de
imágenes rotundas donde se abrazan la crueldad y la belleza: “Aquí qued oscilando mi
última furia. / Engullo cada mancha de la pared,/ cada clavo”; pero siempre el consuelo
de saber que en algún lugar palpita, vivo, “el muro en que pinté los nombres de tu boca”.
Sobre la poesía de El ojo de la cerradura planea además la pasión del encuentro de una
Santa Teresa, gozo y dolor del alma que sólo se completará en la fusión de uno en el otro.
El sentimiento de pérdida delatará siempre ese cometido: la sobreimpresión del yo en el
tú.
Si en aquel intento los pies de la niña leían en la tierra que pisaban cosas y seres
sepultados, ahora debe inventarlo todo, reintentarlo, romper el encantamiento que la
sujeta y la convierte en “una buena nia de piedra”. Los epígrafes de Neruda y Nazim
Hikmet que nos introducen a este libro martillan sobre el tema de la ausencia, ese mundo
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