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El Filibusterismo

Y ¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Conun poquito de buena voluntad hasta se le
podía tomar por la navedel Estado, construida bajo la inspeccion de Reverendas éIlustrísimas
personas!
Bañada por el sol de la mañana que hacía vibrarlas ondas del río y cantar el aire en las
flexiblescañas que se levantan en ambas orillas, allá va su blancasilueta agitando negro penacho
de humo ¡la nave del Estado,dicen, humea mucho tambien!... El silbato chilla á cada momento,
roncoé imponente como un tirano que quiere gobernar á gritos,de tal modo que dentro nadie se
entiende. Amenaza á cuantoencuentra; ora parece que va á triturar los salambaw,escuálidos
aparatos de pesca que en sus movimientos semejanesqueletos de gigantes saludando á una
antidiluviana tortuga;ora corre derecho ya contra los cañaverales, ya contra losanfibios
comederos ó kárihan, que, entre gumamelasy otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con
lospiés en el agua no se resuelven aun á zambullirse;á veces, siguiendo cierto camino señalado
en elríopor troncos de caña, anda el vapor [2]muy satisfecho, mas, derepente un choque sacude á
los viajeros y les hace perder elequilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie
sospechaba...
Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aun,véase la disposicion de los
pasajeros. Bajo-cubierta asomanrostros morenos y cabezas negras, tipos de indios, chinos y
mestizos,apiñados entre mercancías y baúles, mientras queallá arriba, sobre-cubierta y bajo un
toldo que les protege delsol, estan sentados en cómodos sillones algunos pasajerosvestidos á la
europea, frailes y empleados, fumándosesendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse
al parecer delos esfuerzos del capitan y marineros para salvar las dificultades delrío.
El capitan era un señor de aspecto bondadoso, bastanteentrado en años, antiguo marino que en su
juventud y en navesmás veleras se había engolfado en más vastos maresy ahora en su vejez tenía
que desplegar mayor atencion, cuidadoy vigilancia para orillar pequeños peligros... Y eran las
mismasdificultades de todos los días, los mismos bajos de cieno, lamisma mole del vapor
atascada en las mismas curvas, como una gordaseñora entre apiñada muchedumbre, y por eso á
cadamomento tenía el buen señor que parar, retroceder, irá media máquina enviando, ora á babor
ora áestribor, á los cinco marineros armados de largos tikinespara acentuar la vuelta que el timon
ha indicado. ¡Era como unveterano que, despues de guiar hombres en azarosas campañas,fuese
en su vejez ayo de muchacho caprichoso, desobediente ytumbon!
Y doña Victorina, la única señora que se sientaen el grupo europeo, podrá decir si el Tabo era
tumbondesobediente y caprichoso, doña Victorina que como siempreestá nerviosa, lanza
invectivas contra los cascos, bankas,balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las
lavanderasy bañistas que la molestan con su alegría y algazara!Sí, el Tabo iría muy bien si no
hubiese indios enel río, ¡indios en el país,sí! si no hubiese ningun indio en el mundo, sin fijarse
en quelos timoneles eran indios, indios los marineros, indios losmaquinistas, indios las noventa y
nueve partes de los pasajerosé india ella misma tambien, si le raspan el blanquete y ladesnudan
de su presumida bata. Aquella mañana, doñaVictorina estaba más inaguantable que nunca
porque los pasageros[3]del grupo hacían poco caso de ella, y no lefaltaba razon porque
consideren ustedes: encontrarse allí tresfrailes convencidos de que todo el mundo andaría al
reves eldía en que ellos anduviesen al derecho; un infatigable D.Custodio que duerme tranquilo,
 
 
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