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El Enemigo

cucharas de palo y vigilando un puesto enque se vendían ligas,
bolsillos de punto, castañuelas, navajas ytinteros de cuerno.
Era la Noche Buena de 1872, y en toda la casa, de alto a bajo,
sonabaalegre vocerío. El pañero, con varios amigos y
Champagne de a trespesetas, solemnizaba un remate de subasta;
el sastre obsequiaba a unosparientes, a estilo de su tierra, con
manzanilla y aceitunas aliñadasque llamasen el apetito a honrar
la cena, y los cuchareros disponían congente amiga su modesto
festejo, saliendo de rato en rato a la escalera ydando inútilmente
grandes voces por que callasen varios chicos que,armados de
tambores, parecían dispuestos a ensordecer al mundo. Cadapiso
y cada puerta dejaba escapar por sus junturas y resquicios
elrumor bullicioso que acusa la alegría; sólo en el cuarto
segundo habíasilencio. Ante su entrada enmudecía la algazara,
como si en el interior,triste o desierto, faltase quien festejara la
santidad del día y elbienestar de una familia. También allí, sin
embargo, se preparaba lacena, pero con más modestia y menos
regocijo.
Dos mujeres, madre e hija, hablaban así, acabando de poner la
mesa:
—¿Está todo?
—Falta que venga Pepe con los postres.
—¿Qué le has dicho que traiga?
—Una caja de perada, turrón... la leche de almendras ya está
ahí, latrajo la chica del café donde suele ir Pepe.
—¿Y el besugo?
—Nadando en salsa; ahora le pondrás las rajitas de limón.
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